ESCRITORES Y ARTISTAS ASTURIANOS

ÍNDICE BIO-BIBLIOGRÁFICO

GONZALEZ CIENFUEGOS Y JOVELLANOS (Francisco Javier)

Eclesiástico que llegó a las dignidades de arzobispo y cardenal.
Fué personalidad conspicua en el reinado de Fernándo VII y años posteriores, acreditado de gran saber y acrisoladas virtudes, si bien no ha dejado de ser discutido por su proceder voluble, muy en consonancia con las vicisitudes de la vida española en ese tiempo:

Nació Francisco Javier González Cienfuegos Jovellanos en Oviedo el 12 de mayo de 1766, fecha que adelantan algunos equivocadamente al mes de marzo. Fueron sus padres don Baltasar González Cienfuegos, quinto conde de Marcel de Peñalba, y la tercera esposa de éste, doña Benita Antonia de Jovellanos, hermana de don Gaspar.

Hechos los primeros estudios con el propósito de dedicarse a la Iglesia, se trasladó de edad de doce años en calidad de familiar al lado del arzobispo de Sevilla, su paisano don Alonso Marcos de Llanes y Argúelles.

Bajo la protección de éste cursó la carrera eclesiástica y alcanzó beneficios y distinciones. Recibió las primeras órdenes en 1785 y dos años después se le dió en el Cabildo catedralicio de Sevilla un puesto de racionero. Se le ordenó de diácono en 1788 y de presbítero al año siguiente. En 1790 ya le fué concedida una canonjía en la Catedral. Continuó estudiando para alcanzar los grados mayores en Teología los cuales obtuvo en setiembre de 1794, licenciándose el día 26 y doctorándose el 29.GONZALEZ CIENFUEGOS Y JOVELLANOS (Francisco Javier)

Cerca de un cuarto de siglo permaneció en Sevilla dedicado al desempeño de su canonjía. Durante la guerra de la Independencia figuró entre los más distinguidos elementos de la Junta General que asumió el gobierno de Sevilla y su provincia. Por su saber y dotes de gobierno se le confirió el 9 de enero de 1814 el nombramiento de rector de la Universidad, cargo que desempeñó hasta el 16 de marzo de 1817. Entretanto, en el Cabildo arzobispal, bajo el gobierno de otro arzobispo asturiano, don Romualdo Mon y Velarde, ejerció las dignidades de provisor y vicario general, hasta que fué propuesto por el rey ocupar la mitra de Cádiz en 1818, obispado que, según Alonso Morgado, “se rindió a aceptar por obediencia, después de haberlo rechazado hasta tres veces”.

“Apenas consagrado —dice C. F.— partió inmediatamente para su diócesis, invadida a la sazón por la terrible fiebre amarilla. En la espantosa calamidad dió asombrosas muestras de su celo y caridad, socorriendo a los pobres enfermos, consolando a los afligidos, administrando por si mismo los sacramentos y aún llevando, en alguna ocasión, sobre sus hombros los cadáveres a la sepultura. Llegó la fama de su heroísmo a los oídos de Pío VII, quien le dirigió una carta colmándole de elogios y de bendiciones. El mismo pontífice le nombró prelado
doméstico y obispo asistente del Sacro Solio Pontificio”.

Contra este “apóstol de la caridad”, como le califica Canella y Secades, escribe Carlos LeBrun en Retratos políticos de la revolución de España algunas diatribas de as que llenan dicho libro. Le maltrata de hipócrita refinado que llevaba “la virtud en el rostro”. Dice que al hacerse cargo del obispado de Cádiz no intervino cerca de los atacados a por humanitarismo rayano en santidad, sino por ser inmune a la peste, que ya había padecido él en 1810. Y afirma que hacía todo eso por su ambición de llegar a arzobispo de Sevilla.

Le combate también Le Brun por la conducta observada con motivo de la insurrección de Cabezas de San Juan en favor del régimen constitucional, en enero de 1820. Azcona da una explicación más serena de esas mudanzas del obispo; “en 1820 no veía con buenos ojos —dice— la sublevación de Riego, Y redactó una pastoral el 12 de enero a la que contestó Quiroga con un impreso enérgico. Luego se amoldó a la situación, tuvo unas entrevistas amistosas con Quiroga, y confirmó una hija de éste en la isla de León. Pero nuevamente volvió a desconfiar del carácter de aquella revolución, y hubo de salir por los fueros de los intereses espirituales que le estaban encomendados”. (Los cambios de opinión y actitud del obispo dieron lugar a que se le atacara y defendiera en algunos opúsculos, que van anotados más adelante).

El 3 de agosto de 1824 fué propuesto para el arzobispado de Sevilla, del que tomó posesión solemne el 13 de febrero del año siguiente. El 3 de marzo fué elevado por el papa León XII a la dignidad de cardenal con el título de Santa María del Popolo, y al día 25 el rey le concedió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.

Parece que estas preeminencias y dignidades le habrían llegado como premio por su adhesión al régimen absolutista; pero también es cierto que ahora en Sevilla com arzobispo, al igual que antes en Cádiz como obispo, le acreditaron sus repetidas pruebas de piedad y caridad, y cuando la primera invasión del cólera morbo (1833-34) desplegó parecidas intervenciones personales a las llevadas a cabo cuando la fiebre amarilla en la población gaditana.

En 1831 concurrió al cónclave de cardenales reunido en Roma Para elegir sustituto de Pío VII, recayendo la designación en Gregorio XVI, quien habría de dispensarle más adelante distinciones extraordinarias. Dos años después (1833), Fernando VII le nombraba consejero de Estado.

“A la muerte del rey _dice Azcona— Se le miraba con cierta prevención como hostil a las instituciones. Esta suspicacia le produjo algunos disgustos y, con motivo de un tumulto de carácter político, tuvo que andar huyendo por los tejados”. Su conducta a esa nueva situación de la vida pública española la enjuicia el citado C. F. de este modo: “Amadísimo y respetadísimo del Gobierno y de todas las clases de la sociedad, no obstante el cambio en las ideas y en las instituciones, empezó a hacer sospechosas sus exposiciones al Trono y sus cartas pastorales. Por lo que, al fin, fué desterrado a Alicante en 18 de febrero de 1836, partiendo el primero de marzo”.

Muy cerca de ocho años duró este confinamiento,durante el cual el Papa, su amigo Gregorio XVI mantuvo vacante el arzobispado de Sevilla con el deseo de reponerle en él y como un alivio al castigo que sufría le confirió la administración apostólica de Guadix y de abadía de Basa.

El 25 de enero de 1844 le fué levantada la pena de destierro pero los achaques de su salud no le consintieron trasladarse a Sevilla para hacerse cargo nuevamente de la archidiócesis. Tres años más tarde de dejaba de existir en Alicante (12 de junio de 1847) a consecuencia una pulmonía.

El varias veces citado C. F. [Cayetano Fernández] parece tuvo el propósito de recoger pastorales y escritos de este cardenal en un volumen; a ello se refiere en sus notas biográficas con las siguientes palabras: “Se conservan sus exposiciones al Gobierno y sus cartas pastorales, modelos de sana y abundante doctrina y de lenguaje galano y muy castizo. No tardará el que vean la luz pública estos escritos antecedidos de una biografía”. Tenemos fundadas sospechas para pensar que dicho volumen no llegó a imprimirse.

Al cumplirse los veinte años del fallecimiento de este arzobispo el 21 de junio de 1867, sus restos fueron trasladados a Sevilla y depositados en la Catedral.

 

Obras publicadas en volumen:

I—Instrucción pastoral dirigida a prevenir a los fieles cristianos de su diócesis contra algunos errores peligrosísimos, esparcidos en varios papeles publicados en esta capital. (Cádiz, 1820).

 

Trabajos sin formar volumen:

—Varias cartas pastorales. (En la revista La Voz de la Religión, 1837-41).

 

Referencias biográficas:

Alonso Morgado (José).—Unos apuntes biográficos. (En la obra Prelados sevillanos o Episcopologio de la Santa Iglesia metropolitana y patriarcal de Sevilla. Sevilla, 1899-1904; un tomo en cuarto).

Anónimo.—Cargo que hace y consejos que da un gaditano al Ilmo. Sr. Obispo de Cádiz. (Cádiz, 1820; opúsculo).

Idem.—Impugnación al papel titulado “Cargos que hace y Consejos que da un gaditano al Ilmo. Sr. Obispo de Cádiz”. (Cádiz, 1820; Opúsculo).

Idem.—Razones del gaditano contra los rebuznos de un animal que tirando coces y patadas ha querido hacer la apología del I. S. Obispo de Cádiz. (Cádiz, 1820; opúsculo).

Idem.—Carta del editor del “Diario” que trata del Ilmo. Sr. Obispo de Cádiz. (Cádiz, 1820: opúsculo).

Azcona (José María).—Clara-Rosa, masón y vizcaíno. (Madrid, 1935).

C. F. [Cayetano Fernández].—Los asturianos de ayer: El cardenal Cienfuegos Jovellanos. (En El Carbayón, Oviedo, 13 de octubre de 1886).

Clara-Rosa (José Joaquín). —Manifiesto que da al público el ciudadano… sobre la pastoral que S. I. mandó publicar el primero de noviembre en todas las parroquias de esta capital. (Cádiz, 1820; Opúsculo).

Quiroga (Antonio).—El Ejército Nacional al Ilmo. Sr. Obispo de Cádiz y su diócesis. (Granada, 1820; opúsculo).