Político y escritor contemporáneo, fallecido, de fogosa elocuencia lo mismo con la palabra que con la pluma. Una de las personalidades más descollantes y más discutidas de la política española desde Ia restauración de la Monarquía con Alfonso XII en 1875.
Alejandro Pidal y Mon, como su hermano Luis, que se reseña seguidamente, no era asturiano de nacimiento, Lo fué por sentimiento heredado de los padres asturianos nativos, don Pedro José Pidal y Carneado, reseñado anteriormente, y doña Manuela Mon y Menéndez. Como dice Edmundo González Blanco, él por asturiano se tenía, por tan asturiano como su padre, don Pedro José, y aun dos deditos más. Amaba a Asturias con vértigo de delirio y frenesí de adoración, Puede decirse sin hipérbole que ningún otro asturiano de su prestancia trabajó tanto por la patria chica, Nada de alguna consideración se hizo en su época, en el Principado, de que él no fuese promotor entusiasta, activo, directo, Fué la suya una vida consagrada por entero al adelanto espiritual y material de Asturias”, Y en otro pasaje, agrega: “Amantísimo de Asturias, ni un solo verano dejó de ir a su finca de Somió (Gijón), que su padre había adquirido hacia la mitad del siglo XIX. Allí se rodeaba de prelados, políticos, sabios, literatos y artistas, en los que pasaba el tiempo en diálogos y banquetes verdaderamente platónicos. Allí también planeaba los proyectos de puertos, carreteras y las mejoras regionales, que luego maduraba en Madrid. Su finca de Somió se hizo célebre punto de cita de todas las notabilidades de Asturias y de la Corte.
Pero este asturianismo desde luego bien probado con hechos, tangibles, no carecía de máculas. Sí un progreso en determinado orden de cosas está contrarrestado con un retroceso. ya sea de otra índole, la virtud deja de ser pura, deja de ser virtud, puesto que contiene escoria. Y la escoria en las actividades políticas de Alejandro Pidal era la maraña caciquil en que las desenvolvía. Llegó a ser, dicho con gráfica expresión, el amo de Asturias. “El caciquismo de Pidal — dice Oliveros en en la obra Asturias en el resurgimiento español— no era ni más ni menos que el de otro elemento significado de la Restauración en su feudo respectivo. Infelicidad, abyección, miseria, esclavitud, ignorancia y clericalismo, estas características del caciquismo pidalino en Asturias no son atribuibles exclusivamente a Pidal, sino al régimen que le apoyaba en ellas como en su soporte más recio. Pidal, particular tratado, era una persona excelente, Vivía en Madrid. donde residía la mayor parte del año, en aquel ambiente deletéreo de la Restauración que se nutría de claudicaciones y de opresiones. Por los veranos aparecía en Asturias, y en su quinta de Somió (Gijón) establecía el general, adonde acudían a recibir órdenes los edecanes, que se atribuían en concejos o distritos electorales el comando de la provincia, Así gobernaba Pidal su feudo de Asturias: por delegación en caciques de menor cuantía, que hacian mas odioso, mas depredatorio, mas insoportable y mas inhumano el sistema. No se respetaba en la práctica ningún derecho, Era temeridad reaccionar contra el despotismo caciquil. Se perdía la tranquilidad, la hacienda y, en casos frecuentes, la de por atreverse, quien se atreviere, a protestar contra tanto envilecimiento, En circunstancias tales se produce en Asturias el primer movimiento político serio contra el caciquismo pidalino. Lo alientan Leopoldo Alas (Clarín), Llana, Felipe Rivero, Tuero, Otero, Ochoa, Ramon Alvarez, desde las columnas de los periódicos. Y lo impulsaron en la plaza pública Adolfo Buylla, Posada, Sela y otros caracterizados universitarios. La acción política, que nace de la Universidad ovetense, toma matices republicanos; es la que alumbra el nuevo tribunicio de Melquiades Alvarez”.
Lo que sorprende como un contrasentido, casi como un sarcasmos es que ese anverso desagradable de la acción política de Pidal y Mon pueda ser espejo de un hombre de arrugadisimos sentimientos. Pedro Antonio de Alarcon reconocía que a Pidal la fe católica le sirve de musa en cuanto piensa. dice, escribe o hace”. Pero no se limitó. como católico a esto, sino que: como asegura Ramiro Blanco, fué “el más denodado, el más intrépido defensor, en la España de su tiempo, de la religión católica”. Precisamente por esto, porque la máxima razón de su vida ha sido la defensa y propagación de la doctrina católica, no se explica que fuese en Asturias un gran opresor de libertades y sentimientos, (Sobre la religiosidad de Pidal y Mon escribe Aureliano Linares Rivas: “Si el señor Pidal hubiera nacido en el siglo decimosexto, su nombre figuraría entre los grandes místicos de aquella época; pero como tuvo la fortuna de nacer en nuestros días, su ardor religioso, sin ser menos intenso que el de tantos y tan venerados místicos, toma formas más humanas y racionales, acomódase mejor a las exigencias de una sociedad más despreocupada y de mayor refinamiento en sus gustos e inclinaciones. El amor a Dios es una verdadera adoración para el señor Pidal; el afán de conquistar la gloria celeste, su preocupación de todos los instantes; y el] temor al infierno, con sus horrores y desdichas, profundo y constante como pudiera tenerlo el más sencillo e indocto de los creyentes; pero, con todo eso, el señor Pidal no viste cogulla, ni macera sus carnes, ni huye del mundo para consagrarse en la soledad a éxtasis divinos o a ejercicios piadosos. Al contrario, busca la prensa para derramar todos los días el torrente de su pasión religiosa, acércase a los círculos políticos y literarios para ser el campeón obstinado de |las verdades católicas, y de algunas cosas más que alguien calificara de preocupaciones, sin duda respetables, porque se inspiran en la más pura buena fe; siéntase en los escaños del Congreso para proclamar las máximas evangélicas y hacer la propaganda hasta ahora reservada al púlpito, a la cátedra, al libro y a las misiones)
La personalidad política e intelectual de Alejandro Pidal y Mon, siempre al servicio del catolicismo, casi no ha tenido otra manifestación que la oratoria, una oratoria más brillante que profunda, al estilo de su tiempo; “siempre orador, hasta cuando blande la pluma en el periódico o en el libro”, dijo Alarcón, Escribe Miguel Moya: “Pidal es un orador de cuerpo entero; un orador lleno de fuego, digan lo que quieran los mansos de la Unión Católica; un orador elocuentisimo, diga la retórica lo que le dé la gana. La cabeza de evangelista, la actitud majestuosa, la mirada atractiva, que impone; la palabra acerada y vibrante, que seduce; todo anuncia en él un propagandista y un tribuno. Tiene sensibilidad, vehemencia, brillo, calor, inspiración, Habla con el gesto, con el ademán, con la actitud, y disfruta como pocos de ese milagroso secreto que hace de la elocuencia. en ocasiones, impetuosísimo haz que lo arrolla y lo domina todo… Unas veces tiene por lengua una que va esculpiendo sus frases; otras veces el buril se convierte en puñal, y los discursos de don Alejandro producen heridas terribles de hace ya muchos años. Ahora (1890) son casi siempre funciones de fuegos artificiales”.
Alejandro Pidal y Mon nació en Madrid el 26 de agosto de 1846, y no en el año 1847 como aseguran el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano. Julio Somoza y otros. Cursó los estudios elementales y preparatorios del bachillerato en la Escuela Pia de San Fernando: recibió además lecciones de un preceptor que era un jesuita exclaustrado. En el hogar, por parte directa de sus padres, recibió una formación profundamente católica.
Cuando andaba por los albores de la adolescencia (1857), su padre nombrado entonces embajador de España en Roma, le llevó consigo; cuentan que al presentarle el padre al papa Pio IX, éste formuló el siguiente vaticinio: “Este pequeñito Alejandro vendrá a ser también un día un nuevo Alejandro el Grande”.
Aunque Ramiro Blanco asegura que Pidal y Mon comenzó el bachillerato en el Instituto de Oviedo, parece lo más cierto que lo cursó íntegramente en el Instituto de San Isidro, de Madrid, en el que alcanzó el grado de bachiller en Artes. Después cursó en la Universidad Central la carrera de Derecho hasta licenciarse.
Desde los tiempos de estudiante universitario sintió honda vocación por la Filosofía y gustó de manifestar por medio de la palabra sus ideas, en intervenciones oratorias desarrolladas en algunos círculos intelectuales, entre ellos, la Academia de Jurisprudencia. Concluída la carrera fundó en 1867, con su fraternal amigo Pérez Hernández, el periódico, La Cruzada, de combate en favor del catolicismo situado valientemente contra la efervescencia revolucionaria que el año siguiente había de destronar a la reina Isabel II. Por entonces enamorado de la filosofía de Santo Tomas, fué discípulo aventajado del dominico asturiano Ceferino González; años después, daba al público un estudio sobre el fundador del escolasticismo (numero I) que mereció grandes alabanzas de la crítica especializada.
Con su iniciación en la vida pública coincidió su matrimonio en 1868 con doña Ignacia Bernaldo de Quirós, de rancio abolengo asturiano, hija de los marqueses de Camposagrado, y de cuyo matrimonio desciende Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, reseñado páginas atrás.
En 1872 es electo por primera vez diputado a Cortes por el distrito de Villaviciosa, al que representó ya el resto de su vida, a excepción de algunos breves intervalos en que no tuvo asiento en el Congreso.
Por este distrito trabajó siempre con entusiasmo en provecho de sus adelantos materiales, cosa que le fué reconocida en diferentes ocasiones y de distintas maneras; una de ellas, poco después de comenzar a re presentarlo, en febrero de 1878, con el nombramiento de hijo adoptivo por parte del Ayuntamiento de Colunga, de lo que da testimonio una lápida colocada en la casa consistorial.
En las Cortes de 1873 Pidal atacó tenazmente a los núcleos y las personas que en ese mismo año proclamaron la República, y también en la prensa desarrolló actividades de periodista de combate, particularmente desde La España Católica (1874). Puede decirse, no obstante, qué no nace verdaderamente a la vida política hasta después de restaurada la Monarquía, en las Cortes de 1876, Tomó parte en las deliberaciones sobre la Constitución política aprobada entonces, revelándose como un orador de verbo torrencial y como enemigo a cuanto supusiera un concesión a las ideas liberales, Combatió al Gobierno de Cánovas del Castillo, por juzgarle de un blando conservadurismo. En tal actitud respondía al ideario del grupo fundado por él a la sazón con el rótulo de “La Unión Católica”, cuyo programa expuso en un discurso que provocó larga y ruidosa campaña de prensa. Llevó su atrevimiento a ensalzar a las honradas masas carlistas, cuando ningún otro grito habría podido ser entonces más subversivo. (Refiriéndose a sus comienzos parlamentarios, dice Linares Rivas: “Consagra su solitaria existencia en el Parlamento a la defensa del ultramontanismo, muy importante sin duda para Roma y sus intereses, más perjudicial y altamente perturbadora para España y los suyos. El señor Pidal tiene estilo propio, es ultramontano rancio e intransigente; es decir, tipo español, pero sit mezcla de ninguna clase, y casi sin parecido con ningún personaje político, porque en ninguna parte, incluso Roma, se estila eso de ser más papistas que el Papa, como no sea en esta tierra querida de frailes e hidalgos”).
En los primeros años de la Restauración monárquica, además de una labor parlamentaria muy perseverante, continuó prestando todo su entusiasmo al periodismo. Su periódico La España Católica continuó siendo un Baluarte temible de sus doctrinas, tanto que, no obstante lo muy favorable de aquella época para la expansión de todas las ideas conservadoras, fue denunciado algunas veces para el fiscal, debido a la dureza de expresión en defensa del catolicismo. Sufrió por esta causa tres suspensiones, y Pidal, con el objeto de burlar la última, pidió autorización para publicar un nuevo periódico, que se tituló La España (suprimido lo de Católica) y que sólo tuvo de nuevo el Título. No bastándole como orador la tribuna del Congreso, hizo uso de otras muchas, de entidades privadas y semi oficiales, para sus propagandas. Las uso también como conferenciante acerca de muy diversas cuestiones y colaboró además en numerosas publicaciones sobre muy diversos temas, entre ellas, Revista de Madrid, La Ilustración Española e Ilustración Gallega y Asturiana.
Esta preponderancia de su personalidad literaria y política le fue elevando a puestos distinguidos con diferentes instituciones de carácter más o menos cultural y le abrieron las puertas de algunas corporaciones oficiales. En 1883 le dió ingreso como académico numerario la Academia de la Lengua, que habría de presidir largo tiempo muchos años después. La Academia de Ciencias Morales y políticas le elegía académico de número en enero de 1884, si bien no ingresó en ella hasta abril del 87, por Impedírselo entonces sus ocupaciones de ministro.
Entretanto, su ya lozano imperio político en Asturias, erguido sobre el sustentáculo de que nos habla Oliveros, estuvo a punto de sufrir un grave contratiempo con exposición de un derrumbe. Sucedió ello en 1881. El y su hermano Luís patrocinaron y protegieron con todas sus influencias una variante introducida por el Ingeniero francés Mr. Donon en el trazado del ferrocarril del puerto de pajares, en favor de la compañía ferroviaria y en daño de los intereses generales de Asturias. La persistencia en el propósito dió lugar a una gran manifestación de protesta en Oviedo, el 27 de marzo de ese año, organizada por representaciones de todos los concejos de la provincia, y que constituyó un acto de ejemplar conducta ciudadana de los desusados todavía, que fue aplaudido por toda la prensa liberal de España y que consiguió el objeto que la había determinado. Los hermanos Pidal, a los que seguramente guiaba una buena fe, pero que estaban equivocados, tuvieron que desistir de la empresa en que se habían metido y disculparse como mejor creyeron.
Después de los grandes combates librado como paladín de La Unión Católica frente a la política conservadora a machamartillo de Cánovas, Pidal y Mon, en su paulatino acercamiento a éste, acabó por aceptar con él de presidente del Consejo de Ministros la regencia del Ministerio de Fomento, el 18 de enero de 1884.
Clarín comenta este hecho en Revista literaria, y, dando por supuesto que Cánovas del Castillo tratara de atraer a las fuerzas tradicionalistas y reaccionarias a una política más liberal y transigente, argumenta: “Pero si esta idea que piadosamente atribuyó al señor Cánovas; y de la que le creo muy capaz, era buena, era justa, era grande, los medios de que se valió para aplicarla a su política fueron torpes, contraproducentes, aun mas que inútiles; y el trabajo, encomendado principalmente al fogoso, pero falso tribuno católico, don Alejandro Pidal, no fué por éste comprendido sino de manera pedestre, mezquina, indigna del alto propósito: creyó que se trataba de dar colocación a los carlistas que la guerra concluida dejaba desocupados; creyó que se trataba de repartir un botín, cuando lo que había que hacer era compartir un derecho”.
A Miguel Moya, estas mudanzas le dan ocasión para recordar que siendo Pidal y Mon un demoledor de los parlamentarios que incurrían en contradicciones e inconsecuencias, él mismo pecaba de ese mal, como lo prueba que al combatir el artículo 11 de la Constitución de 1876 acerca de la libertad de cultos, pronunciase esta frase concluyente: “Yo, señores, no transigiría aunque el Papa me autorizase para ello”; diez años después, al acusarle de su inconsecuencia, se exculparía diciendo que admitía la tolerancia religiosa sin variar en nada sus ideales y conducta, por estimar que había Ilegado la oportunidad de concederla, lo cual es calificado por Sagasta de frescura. Añade Moya: “¿Mas todavía? Pues bien. Juré o poco menos que se cortaría la mano derecha antes de ser ministro con Cánovas, y ha sido ministro con él… y no es manco”; y a este tenor: “Pidal ha sido diputado por el sufragio universal, y sólo ve en el sufragio universal la brutalidad del número; ha estado en el pico más alto de la montaña de la reacción y canta himnos al valle de la libertad, siempre que puede sestear en él a la sombra de algún Ministerio; debía hablar el lenguaje de la caridad y la mansedumbre, y no habla más que de sables, pistolas, espadas, panoplias, combates y guerras; sabe, en fin, que la Iglesia católica condena el duelo, y lleva siempre un cartel de desafío en los labios, una provocación en la mirada, y en todo su ser un espíritu de acometividad tan poderoso e irresistible que a cada paso le arroja a la pelea y le manda que no tenga piedad del vencido».
De su paso por el Ministerio de Fomento (para cuyo desempeño pidió autorización a la Santa Sede) es de justicia reconocer que no dejó mal recuerdo; comprendía esta cartera entonces las secciones de Agricultura, Instrucción Pública y Bellas Artes, aparte las englobadas propiamente bajo el rótulo designado. “El desempeño de tan arduo y Enciclopédico Ministerio— dice Edmundo González Blanco— exigía necesariamente múltiple talento y vasta cultura. A todo atendió Pidal con Indiscutible competencia. Los principales decretos de su gestión en ese ramo concerniente a las oposiciones de Cátedras, a la libertad de enseñanza y a la reforma de la Facultad de Derecho y del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios. La época de su actuación ministerial fue una de las más notables del pasado siglo”. Regentó ese Ministerio hasta el 24 de noviembre de 1885.
Desde entonces fué Pidal y Mon una de las personalidades más conspicuas en el Partido Conservador, al punto de que, al fallecer asesinado el Jefe, Antonio Cánovas del Castillo, se promoviese en sus filas la tendencia a proclamarle sucesor, cosa que rechazó en favor del que fué, Francisco Silvela. Desde la muerte de Francisco Borja Queipo de Llano y Gayoso, conde de Toreno, en 1890, llevé la jefatura de esa fuerza política en Asturias, Ella le elevó a la Presidencia del Congreso de los Diputados en 1891, 1896 y 1899; a embajador de España ante el Vaticano, cargo que desempeñó desde fines de 1900 a comienzos de 1902; a miembro del Consejo de Estado en 1906, Todo este tiempo continuó representando en el Congreso al distrito de Villaviciosa, excepto durante la embajada en Roma y , que tuvo la representación de Senador por Asturias en 1901.
A la vez que esos cargos, más honoríficos que remunerativos, se acumularon en él otros de pingües ingresos, como los de presidente (1905) del Consejo de Administración de la Compañía General Azucarera y de la Compañía Arrendataria de Tabacos (1908).
En algunas de las más importantes instituciones científicas y literarias de Madrid fué uno de los elementos activos más ilustres, tales como la Academia de Legislación y Jurisprudencia, de la que se le exalto a la Presidencia en 1895; el Ateneo, en el que actuó de conferenciante en Momentos solemnes como la velada necrológica en honor de Cánovas (1897) y en celebración del Centenario de los Reyes Católicos vet: la Academia de Ciencias Morales y Políticas. También perteneció a la primera Junta directiva del Centro de Asturianos (1885), después a denominado Centro Asturiano. Y entre otras corporaciones nacionales y extranjeras que por esta última época de su vida le incorporaron a su seno, está la Academia de la Historia, que le eligió académico de número en 1904, plaza de la que, se ignora por qué causa, no llegó a posesión. Por último, la Academia de la Lengua. Al fallecer el Conde de Cheste que la dirigía (1906), le eligió sucesor poco después aún cuando figuraban en ese Instituto personalidades tan preeminentes como Marcelino Menéndez y Pelayo; a esta Dirección dedicó los mejores entusiasmos de los últimos años de su vida, ya bastante alejado de las luchas políticas, y anduvo a punto de monopolizar los discursos de contestación a los de ingreso de los nuevos académicos, como se puede ver más abajo en la sección de trabajos sin formar volumen.
Entre las más altas distinciones nacionales y extranjeras que adornaron su personalidad, está la suprema condecoración de la Monarquía española: el collar del Toisón de Oro, que le fué concedida en 1903. Pero ninguna fue tan apreciada por él como la bien ganada Gran Cruz de San Gregorio el Magno, concedida por el Papa León XIII por Breve de 8 de mayo de 1891, en premio a su ardimiento católico.»
A esta última época de su existencia corresponde lo más y lo mejor de cuanto ha producido su pluma en libros, discursos y artículos. Parte de los trabajos menores fueron recogidos por él mismo en el volumen numero VI, discursos y artículos literarios, entre los que figuran un juicio acerca de Campoamor, una verdadera diatriba, de lo más duro y desentonando que se ha escrito sobre el poeta.
Falleció Alejandro Pidal y Mon en Madrid el 19 y no el 2 de octubre de 1913, su cadáver fué trasladado a Covadonga y sepultado en la cripta donde lo había sido su padre.
Obras publicadas en volumen:
I.—Santo Tomás de Aquino: su vida, historia de sus en sus obras, su doctrina, sus discípulos, sus impugnadores, el siglo XI, la Orden de Santo Domingo, etc. (Madrid, 1875).
Il.—El triunfo de los Jesuitas en Francia. Sistemas filosóficos (Madrid, 1880)
IIl.—Fray Luis de Granada como orador sagrado del siglo de oro de la civilización española, (Madrid, 1883: discurso de ingreso en la Academia de la Lengua)
IV.—Balmes y Donoso Cortés: Orígenes y causas del ultramontismo. Su historia y sus transformaciones. Relaciones del Estado con la Iglesia Española y con la Santa Sede. (Madrid, 1886, conferencia en el Ateneo de Madrid, incluía también en el tomo III de la colección de conferencias La España del siglo XIX).
V.— De la Metafísica contra el Naturalismo. (Madrid, 1887; Discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas).
VI.—Discursos y artículos literarios. (Madrid, 1887).
VII.—Necrología del Ilmo. Sr. D. Vicente de la Fuente. (Madrid, 1890: memoria leída en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en junio de ese año).
VIII.—Discurso en la sesión de la Academia de la Lengua para adjudicar el premio de Manuel Espinosa Cortina al drama Mariana de don José Echegaray. (Madrid, 1893).
IX.—La Iglesia y los problemas políticos y sociales, (Madrid, 1893 conferencia en el Ateneo).
X.—Discurso leído en la solemne inauguración del nuevo edificio de la Academia de la Lengua. (Madrid, 1894).
XI.—La inmutabilidad del Derecho. (Madrid, 1895: discurso en la Academia de Legislación y Jurisprudencia).
XII.—Deberes de la prensa ante un conflicto internacional y ante el hondo problema interior que entraña la cuestión de Cuba. (Madrid, 1896)
XIII.—Discurso en elogio del Ilmo. Sr. D. Manuel Tamayo y Baus. (Madrid, 1899; leído en sesión pública de la Academia de la Lengua del 12 de marzo de ese año).
XIV.—Relaciones entre la poesía y el Derecho. (Madrid, 1904? ).
XV.—Doña Isabel la Católica y Santa Teresa: Paralelo entre Una reina y una santa. (Madrid, 1906).
XVI.—La Magdalena. (Madrid, 1906; folleto).
XVII.—Discurso en la Academia de la Lengua con motivo del Centenario del Dos de Mayo. (Madrid, 1908; contiene el volumen varias poesías de autores que vivieron en la época de la guerra de Independencia)
XVIII.—Discurso con ocasión de la Fundación Fastenrath y del reparto de premios de la de San Gaspar. (Madrid, 1909; leído en la sesión pública del 31 de mayo de la Academia de la Lengua).
XIX.—La acción social. De la parroquia en los tiempos actuales. (Madrid, s. a., 1909?: folleto en colaboración con Severino Aznar).
XX.—La Eucaristía como centro vital de la economía del Cristianismo, (Madrid, 1911; folleto).
XXI.—El retrato de Cervantes, (Madrid, 1912; conferencia).
XXII.—Las Navas de Tolosa. (Madrid, 1913: discurso).
Trabajos sin formar volumen:
1.—Prólogo a Bocetos del Instituto de Jovellanos, de Ricardo Acebal del Cueto y Pio Vigil Escalera, (Gijón, 1878).
2.—Discurso en la velada en memoria de don Antonio Cánovas del Castillo, en el Ateneo. (Con otros discursos en el volumen publicado en Madrid, 1887).
3.—Contestación al Discurso de ingreso de don Joaquín Sánchez Toca en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. (Madrid, 1890: en el mismo volumen que el discurso).
4.—Idem, idem de don Marcelino Menéndez y Pelayo en la misma Academia, (Madrid, 1891; idem, idem),
9.—Idem, idem del conde de la Vinaza en la Academia de la Lengua, (Madrid, 1895; idem, idem).
6.—La cueva del Notario, (Leyenda incluida en el tomo I de la obra Asturias, Gijón, 1894, dirigida por Octavio Bellmunt y F. Canella y Secades)
1.—El P. Zeferino. (Estudio biográfico en idem, idem, publicado antes en el volumen VII de la anterior relación).
8.—Contestación al discurso de ingreso de don Damian Isern Marcé en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, (Madrid, 1895; en el mismo volumen que el discurso).
9.—Idem, idem de don Emilio Cotarelo en la Academia de la Lengua. (Madrid, 1900: en idem, idem),
10.—Carta-prólogo al libro Asturias, de Salvador Canals. (Madrid, 1900),
11.—Contestación al Discurso de ingreso de don Eduardo de Hinojosa en la Academia de la Lengua, (Madrid, 1904: en el mismo volumen que el discurso)
12.—Idem, idem del marqués de Vadillo en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. (Madrid, 1904; en idem, idem).
13.—Idem, idem de don Valentín Gómez en la Academia de la Lengua (Madrid, 1907: en idem, idem).
14.—Idem, idem de don Melchor Palau en idem. (Madrid, 1908; : en idem, idem).
15.—Idem, idem de don José Rodríguez Carracido en idem. Madrid, 1908: en lens idem)
16.—Idem, idem de don Luis Coloma en idem. (Madrid, 1908; en idem, idem).
17.—Idem. idem de don Antonio Hernandez Fajarnes en idem. (Madrid, 1910: an idem, idem).
18—Idiem. idem. de don Francisco Codera en idem. (Madrid, 1910; en idem).
19.—Idem, idem de don Leopoldo Cano en idem. (Madrid, 1910; en idem).
20.—Unos comentarios a la obra de Balmes El Criterio en el Libro-Homenaje (Barcelona 1910).
21.—Contestación al Discurso de ingreso de D. Julián Ribera y Tarrago en la Academia de la Lengua. (Madrid, 1912 en el mismo volumen que el discurso )
22.—Idem, idem de don Andrés Mellado Fernández en idem (Madrid, 1912; en idem, idem).
Referencia:
Alarcón (Pedro Antonio de).— Discurso de contestación al de ingreso de Alejandro Pidal y Mon en la Academia de la Lengua. (Madrid, 1883; en el mismo volumen que el discurso)
Anónimo.— Presidentes asturianos de las Cortes. (En El Carbayón, Oviedo, 17 de marzo de 1891).
Idem.— Un boceto biográfico. (En la Gaceta de la Banca, Madrid, Julio de 1896).
Blanco (Ramiro).— Los asturianos de hoy: Don Alejandro Pidal y Mon, (En Asturias, órgano del Centro de Asturianos, Madrid, 15 de marzo de 1891).
González Blanco (Edmundo).— Asturias en Madrid: Don Alejandro Pidal. (En la revista Norte, Madrid, noviembre de 1930).
González Menéndez Reigada (Fr. Albino).— Caracteres y siluetas: Don A, Pidal y Mon. (En Rosas y Espinas, Valencia, 1915, tomo II).
Idem.— Don Alejandro Pidal y Mon. (En La Ciencia Tomista: 1931, tomo VIII).
Linares Rivas (Aureliano).— Las primeras Cámaras de la Restauración: Retratos y semblanzas, Don Alejandro Pidal y Mon, (en la Revista de España, Madrid, 13 de enero de 1878: tomo LX).
Moya (Miguel ).— Pidal, (En el libro Oradores políticos: Perfiles: Madrid, 1890),
N.— Una nota necrológica. (En la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid, setiembre-octubre de 1913; tomo XXIX).
Perier (Carlos Maria).— Contestación al discurso de ingreso de Pidal y Mon en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, (Madrid, 1887; en el mismo volumen que el discurso).
Sánchez (Rafael Eugenio).— Apuntes para la biografía de D (Madrid, 1885).
Segovia (Ángel María).—Don Alejandro Pidal y Mon, (En la obra Figuras y figurones, Madrid, 1880).