Político y escritor contemporáneo, fallecido, representante en la Monarquía constitucional del tradicionalismo que alimentaba sus raíces en la Monarquía absoluta.
Fué Vázquez de Mella indudablemente un hombre de esclarecida inteligencia e ingenio vivaz, en posesión una una extraordinaria cultura, de todo lo cual hizo gala principalmente como orador. Un orador que alcanzó en sus buenos días el adjetivo ponderativo más alto al uso entonces; el de grandilocuente. De facilidad de palabra verdaderamente asombrosa y de infinitos recursos dialécticos que le permitieron en no pocas ocasiones sostener y defender brillantemente tesis de las que era el primero en no estar plenamente convencido. Nosotros diríamos que fué un orador de abrumadora y torrencial fuerza persuasiva, pero de una oratoria más llena de pasión que dé razón. Por eso seguramente pudo brillar como el paladín insustituible de la causa tradicionalista o carlista, que abrazó como quien abraza un apostolado. En el absolutismo y el catolicismo cifraba él la salvación de España, aduciendo a tal credo en toda ocasión propicia cuantiosa copia de profundas convicciones o que como tales las presentaba. Toda su ideología político social se puede decir que está condensada en el título del discurso que pronunció como mantenedor de los Juegos Florales de Sevilla, en 1906, que reza: El escepticismo y el egoísmo son los dos males que imperan en nuestro siglo, y la Iglesia es la única que puede curarlos. Cabe la duda de que él tuviera Ia convicción de que ambos males no existan a la sombra de la Iglesia tanto como fuera de ella
El conde de Rodríguez San Pedro, en el prólogo al tomo XII de las Obras completas del llamado por sus secuaces Cantor de la Raza, le dice estas elogiosas palabras: “La vida pública de D. Juan Vázquez de Mella puede decirse que no tuvo ocaso ni aurora. Lució brillantísima no más se produjo ante la opinión, allá por la última década del siglo XIX, y se extinguió cuando en sus manos todavía la pluma vibraba fuertemente y su palabra tonante le escuchaba ávido el pueblo hispano, no hace todavía un lustro. Y Alfonso Junco se refiere al orador de este modo: “Mediano de estatura, ni la talla ni la voz le ayudaban para los triunfos de la oratoria, pero en cuanto empezaba a hablar se transfiguraba. Denso de erudición y pensamiento, ardoroso de fuego y de poesía, deleitaba a los doctos y a los indoctos. Siempre a su propia manera y siempre eficaz, Mella siempre mella, decían jugando con el vocablo”.
Aunque en el manifiesto Homenaje a Mella se afirme que “no se sabe si fue su palabra o su pluma la que le ganó más fama”, duda que no puede menos que dejar asombrado al lector, su fama y su gloria las debe principalísimamente a la oratoria, sin que sea esto negar que poseyó una pluma ilustrada y hábil. Y el crisol donde se fundió esa gran reputación que aureoló su nombre de tribuno fue precisamente el Parlamento, institución combatidísima por él, lo que no deja de entrañar una palmaria contradicción puesto que Lo recto es no aceptar
lo que se aborrece, si bien la contradicción ha venido siendo regla general en España entre políticos de extrema derecha o reaccionarios. El citado Rodriguez San Pedro, no muy distante en ideología de Vázquez de Mella, ya advierte esto mismo. “En toda ocasión – dice- lanzaba diatribas y repulsas contra el sistema parlamentario, a pesar de que en él encontraba campo de esplendentes triunfos y manifiestas posibilidades para hacer encarnar algunas de sus teorías. También cuesta gran esfuerzo creer que aborreciese en el fondo del alma la plataforma donde más lució su personalidad, y sin la cual seguramente habría quedado achicada su gran figura.
Las apuntadas y otras aparentes contradicciones observadas en la personalidad de Mella tal vez en realidad vengan a ser indicios de algo que le caracterizaba como caso excepcional entre los políticos tradicionalistas españoles. Siendo él la cabeza más viable de ese vasto campo, le distinguía además su gran consecuencia y respeto invulnerable para la opinión ajena, para el ideal del adversario. Su firmeza de ideales, de la que no se conocen ni las más tibias claudicaciones, no le ha impedido convivir con hombres de la más diversa ideología,al punto de que se le estimara cordialmente por no pocos adversarios. Nada se puede aducir como demostración más cuestionable de su robusta mentalidad. En eso estriba principalmente que, habiendo sido intangible en su postura política, se pueden admitir como indiscutibles esta afirmación a primera vista falsa de que Mella no era un hombre de partido, era una noble figura nacional, estampada en el antes aludido manifiesto.
Nació Juan Vázquez de Mella (no en Galicia ni en León, como se afirma en el Diccionario Enciclopédico Hispano-americano) en La villa de Cangas de Onís el 8 de junio de 186, hijo del coronel retirado don Juan Antonio de esos apellidos y doña Teresa Fanjul Blanco, él gallego y asturiana ella.
De Galicia era toda su ascendencia paterna, como acertadamente se dice en el aludido Diccionario, donde se asegura: “Uno de sus abuelos luchó en defensa de la Coruña contra el inglés Drake; otro sirvió en la campaña de Portugal a las órdenes del Marqués de Valparaíso, que era entonces un Cerralbo; tres Mellas pelearon en la batalla de Trafalgar, y uno de ellos, padre del difunto general Mella, gobernador militar de Puerto príncipe; un tío de su padre lanzó el primero, en las montañas de Galicia, el grito a favor del titulado Carlos V, mucho antes de que hicieran lo mismo la Regencia de Urgel y el barón de Eroles con las bandas de la fe”.
Desde niño comenzó a revelar Vázquez de Mella excepcionales cualidades, que se pueden condensar en estas palabras de Francisco Pendás: “Desde su edad mas temprana demostraba un temperamento vehemente, una inteligencia muy despierta, de asombrosa memoria y gran disposición para hablar en público”.
Esta vivacidad de expresión era el encanto del padre, quien, hombre de ideología liberal, de quien aseguran que proclamó la República en Cangas de Onís, enseñaba al hijo inflamadas arengas de tono revolucionario, muy a disgusto de la madre, fervorosa católica. Se ha querido desmentir esta iniciación de ella en la ideología predominante en la política de sus años de adolescente y hasta él mismo trató de negarlo; pero el citado Pendás lo ha podido comprobar con testimonios suficientes. Ni quita ni pone nada el hecho a la figura de ella, por lo que no se explica el afán de ocultar que haya seguido en los primeros años la ideología exaltada de su progenitor. Este procuraba que “el futuro verbo del carlismo–dice Pendás aprendiese de memoria cortos discursos revolucionarios que luego le hacía pronunciar, subido sobre una mesa, en las tertulias donde se reunía por las tardes con sus amigos o en los poyos de la carretera de Prestín, sitio por el que solían pasear las personas distinguidas del pueblo al caer de la tarde”.
Aunque con intención de desvirtuar el caso en lo posible, también. se refiere a esto Miguel Fernández (Peñaflor), del que son estas palabras: “Si bien recibió las más sanas enseñanzas y los mayores ejemplos de religiosidad de su santa madre, parece que en sus primeros años, según determinadas referencias, no dejó de estar influido por las ideas políticas de su padre. Desde muy niño, dice uno de nuestros informes, se subía a las pipas desocupadas que se iban arrinconando a las puertas de las tabernas y arengaba a la chiquillería. Se cuenta también que, en cierta ocasión, fué llamado el niño por su padre al piso segundo de la casa, donde vivía un amigo suyo que por cierto no participaba de sus ideas, con el cual amigo se encontraba el entonces párroco D. Braulio diciéndole: No dispares, Juanín, dando entonces fin al discurso con estas palabras: Y termino, porque tengo miedo a disparar”.
Con algún retraso, debido a los trastornos de la época revolucionaria que corre desde el derrocamiento de Isabel II hasta la caída de la República de 1875, Vázquez de Mella comenzó a estudiar la segunda enseñanza en 1874 interno en el Colegio de Valdediós (Villaviciosa) en el que alcanzó el título de bachiller en 1877. No fue como podría esperarse, un estudiante distinguido.
Coincidiendo con el comienzo de eses estudios quedó huérfano de padre Vázquez de Mella, refugiándose la viuda al amparo de su hermano don Casto, comerciante entonces en boyante posición, circunstancia que a ella le permitió sostenerse económicamente, ya que sólo disponía de la pequeña pensión de viudedad, recibida siempre con grandes retrasos.
A la falta del padre se puede atribuir principalmente el cambio ideológico experimentado en ese tiempo por el muchacho, como lo reconoce Peñaflor, al decir: “Si por acaso habían germinado, aunque débilmente, en el alma y en el corazón de nuestro biografiado algunas de las semillas de rebeldía y de revolucionarismo, fueron ahogadas por las enseñanzas religiosas de Valdediós, unidas a los constantes ejemplos de virtud de su santa madre, doña Teresa, profundamente religiosa y tradicionalista”.
Venidos a menos los negocios de don Casto y perdido un pleito sobre una herencia ya iniciado en tiempo del padre de Mella, éste y su madre se encontraron en precaria situación, al punto de que aceptara doña Teresa el amparo que le venían ofreciendo en Galicia sus cuñadas. Tan angustiosa fue la situación para madre e hijo, según Francisco Pendás, que “para poder marchar a Galicia, fué necesario que su amiga entrañable doña Antonina (Cortés Llanos) reuniese, entre varias amistades, la cantidad necesaria para costearles el viaje.”
Quedará bien aclarado con todo lo dicho que ni doña Teresa Fanjul era de Santiago de Compostela ni se trasladó a Galicia al amparo de un destino militar del esposo en la Coruña, como se afirma en La Enciclopedia Espasa.
Madre e hijo se establecieron en Boimorto al cobijo de los indicados familiares, entre los que, al parecer, había un sacerdote o canónigo en Santiago de Compostela, que protegió los estudios universitarios del muchacho. En la Universidad compostelana cursó los de la Facultad de Derecho hasta licenciarse, al parecer, como estudiante continuó dejando bastante que desear, por su falta de asiduidad a las clases, renuente a su formación intelectual con arreglo a los patrones oficiales. En cambio, pasaba las horas y los días del curso en la Biblioteca universitaria y en otras estudiando cosas ajenas a los libros de texto, a los que sólo dedicaba unos días en vísperas de exámenes con aprovechamiento que le consentía librarse de malas calificaciones y hasta obtenerlas buenas. Con igual desgana recibió el título de licenciado, pues no quiso ejercer la abogacía, como decía él mismo con su gracejo habitual, “por amor a la justicia”.
Cuando concluyó los estudios oficiales ya tenía Vázquez de Mella un renombre que había saltado las fronteras locales y regionales. El orador había cosechado ya abundantes aplausos en el Ateneo y en la Academia Católica, instituciones ambas de Santiago, y el escritor tenía libradas ya batallas resonantes de propagandista y polemista, sobre todo desde el periódico local El Pensamiento Galaico que después estuvo algún tiempo bajo su dirección. De ambas formas, la hablada y la escrita, se mostró entonces ya como un paladín bien armado en la defensa de los ideales que fueron desde entonces la máxima razón de su existencia: absolutismo y catolicismo. Y ya desde entonces también, como dice Alfonso Junco, “la concreción de su estilo periodístico contrastaba con lo que podía esperarse del orador grandilocuente”. Desbordante con la palabra; contenido con la pluma.
Sus campañas en favor del integrismo político, que tenía entonces por más alto jefe al pretendiente al Trono don Carlos María de los Dolores, de Borbón y Austria Este, y por uno de sus más eminentes representantes en España al marqués de Cerralbo, movieron a éste a proporcionar a Mella tribuna más brillante y a la causa tradicionalista un refuerzo mejor aprovechado, por lo que le dio un puesto distinguido en la redacción del diario madrileño EL Correo Español, del que se le confió la Dirección poco después, dirección que desempeñó durante algunos años.
En el Correo Español escribió abundantemente, las más veces con una M por toda firma. “Los artículos de Mella eran siempre o casi siempre doctrinales, de carácter religioso-político pocas veces versaban sobre asuntos literarios y algunas sobre cuestiones de carácter social, ofreciendo en todos ellos, aun cuando se tratara de cosas conocidas, puntos de vista nuevos, que venían como a rejuvenecer la doctrina tradicionalista. Pero más que las actividades periodísticas contribuyeron al auge de su renombre desde su asiento en Madrid, las intervenciones de orador y conferenciante desde las tribunas del Circulo Carlista, del Ateneo y otras entidades o como participante en actos de propaganda carlista en diversas ciudades españolas. En torno al orador forjó el carlismo grandes esperanzas como uno de sus representantes en el Congreso de los Diputados, y aunque candidato derrotado por el distrito de Valls ( Tarragona) la ilusión se convirtió en realidad poco después, en las elecciones de 1893 en las que Vázquez de Mella salió triunfante como, diputado por el distrito de Aoiz (Navarra).
Aquellas esperanzas no quedaron defraudadas. Su primera intervención oratoria le dio un puesto entre los primeros tribunos el del Congreso, donde brillaban Cánovas del Castillo, Silvela, Maura, Sagasta, Moret, Castelar, Salmerón, Labra y otros muchos. Desde entonces tuvo representación parlamentaria hasta 1919, interrumpida durante los tres primeros años del siglo, que dedicó al estudio. Representó sucesivamente los distritos de Navarra, Aoiz , Estella, nuevamente Aoiz y Pamplona, y el de Oviedo. Sus éxitos parlamentarios, tanto en discursos doctrinales como conteniendo con diputados de todos los matices políticos fueron numerosos. En los grandes debates, sus intervenciones solían conquistar el aplauso de toda la Cámara. Alcanzó momentos casi apoteósicos. Y si mucho le distinguía su oratoria inflamada, y avasalladora, no le dio menos notoriedad la ironía y el sarcasmo usados en las réplicas, por lo que pocos diputados se atrevían a interrumpir. Sus réplicas las temían todos. Refiere a este respecto Junco la siguiente anécdota: “En una ocasión, durante la regencia de Doña Cristina, citó Vázquez de Mella cierta frase del profeta Isaías que era algo asf como una lamentación sobre los pueblos gobernados por mujeres. Se levantó un escándalo formidable: gritos de indignación, voces de protesta y amenaza, desordenado estrépito que no podían dominar los campanillazos del presidente. Al fin, éste logrando hacerse oír en un descenso de aquella marea, conminó al orador a que rectificara. ¿Yo?…-contestó Vázquez de Mella con mucha flema y cara de sorpresa -. ¡Que rectifique Isaías!. Y el tumulto, desconcertado, se fué desvaneciendo en risas”…
Refiriéndose a los éxitos parlamentarios de Mella, escribe Peñaflor: “Creo haber dicho dicho en otra parte que, para mí, uno de los mejores discursos fué el que pronunció en Julio de 1896, en la discusión del Mensaje de la Corona; pero ahora añado que es uno de los tantos mejores, pues en realidad mejores fueron todos: los que pronunció exponiendo y defendiendo la doctrina regionalista; los de las guerras coloniales: el que hizo, siendo presidente del Consejo Montero Ríos, como consecuencia de los graves sucesos de Barcelona discurso en el cual se dijo y demostró por vez primera que se había faltado abiertamente a la ley fundamental,al ceder el archipiélago filipino; el de 1907 en el debate sobre el discurso de la Corona, que versó sobre el movimiento de la Solidaridad; el de la original y brillante exposición del sistema de representación por clases; la interpelación a Canalejas sobre sus concomitancias con los que trataron de organizar un partido católico: el de impugnación a la ley del Candado, en el que habló de la rusa temblorosa del miedo; el del horóscopo de Maura; el de los sueños; en una palabra, todos, porque en todos – y más cuanto más avanzaba en experiencia y en arte y cuanto más dominaba los problemas de carácter nacional e internacional, merced al constante estudio de los mismos, pues, aunque sin sistema, Mella se pasó la vila estudiando y pensando en el bien de la Patria- brillaron en la sabiduría, la elocuencia y el patriotismo del portentoso orador”..
Más intenso aún que la producción oratoria parlamentaria ha sido la desarrollada en propagandas políticas por todas las regiones centrales y norteñas de España y como conferenciante divulgador de sus ideales. «De los discursos que pronunció fuera de las Cortes – dice Peñaflor – habría que recordar muchos; citaremos el que sobre el tema El escepticismo y el egoísmo son los dos males que imperan en nuestro siglo, y la Iglesia es la única que puede curarlos, pronunció en los Juegos Florales de Sevilla en 1908; el de los días siguientes al Congreso Católico de Santiago; el de la Asociación de la Prensa acerca del regionalismo, verdaderamente genial; el de las Arenas, de Barcelona; es incomparable de cuando el Congreso Bucarístico Internacional celebrado en Madrid; el del Teatro Romea, de Murcia, en los Juegos Florales de abril de 1912, que fue el himno más hermoso que podía cantarse en honor de la Patria y la más brillante corona con que se podían ceñir las sienes de una madre; los de afirmación germanófila o, más exactamente dicho, de afirmación y mantenimiento vigoroso de la neutralidad del Estado frente a los intervencionistas aliadófilos, pronunciados en Madrid y en Santander; el del Teatro Real;su conferencia sobre el derecho a la ignorancia en la Academia de Jurisprudencia, etc… los cuales etcéteras comprenden un buen número de discursos, verdaderas joyas desde el punto de vista religioso, patriótico y artístico”.
Pudo Vázquez de Mella haber escalado los más altos puestos en la política española, pero se lo impidió su siempre firme postura antidinástica. Al comienzo fue objeto de varias tentativas, la primera por Cánovas del Castillo, para que aceptara algún ministerio, pero después ya nadie trató de disuadirle de una tesitura que todos reconocieron había abrazado inquebrantablemente.
A comienzos de 1900 fue reconocido como el jefe del carlismo en España, jefatura que ostentó por espacio de más de tres lustros. La continuaba desempeñando cuando, con la palabra en abundantes discursos y con la pluma desde El Correo Español y otras publicaciones como Revista Social, de Barcelona, defendió durante la guerra europea de 1914-18, la causa de los imperios centrales, Alemania y Austria, con un tesón a toda prueba. El entonces pretendiente al Trono y jefe del carlismo don Jaime de Borbón simpatizaba por lo contrario, con la causa de Francia, Inglaterra y demás naciones aliadas, lo cual le determinó a publicar un manifiesto en 1918 desautorizando en su partido los actos y la propaganda de carácter germanófilo. Vázquez de Mella, lejos de acatarlo que iba contra sus convicciones, rechazó el manifiesto también públicamente, aduciendo con la mayor firmeza sus puntos de vista, y se separó del carlismo para fundar el Partido Tradicionalista, a base de los mismos principios por él sostenidos siempre. Quedó constituido este nuevo grupo político mediante un acto público celebrado el 11 de agosto de aquel año en el Casino de Archanda. Desde entonces consagró sus mejores entusiasmos al robustecimiento de esa naciente fuerza política, para lo que vendió los derechos a una explotación minera que poseía, cantidad que invirtió en la fundación del diario El Pensamiento Español, que fue un fracaso periodístico.
Pero los días en que el general Primo de Rivera instauró la dictadura (septiembre de 1923), Vázquez de Mella se apartó bastante de las luchas políticas obligado en parte por haber entrado su salud en la fase de decadencia, a causa de la diabetes que padeció durante algunos años. A comienzos de 1925 fue preciso que se le amputara una pierna, y desde entonces vivió recluido en su casa, reducido a precaria situación económica, como fruto de su modestia y honestidad de siempre, y con el solo consuelo de los amigos que le visitaban y acompañaban, a la que era muy aficionado, y las atenciones de una novia, encarnación de uno de los dos o tres rumores románticos que perduraron en vida, y que le atendió hasta el momento de expirar, el 26 de febrero de 1928.
Fue Vázquez de Mella un hombre abúlico y desordenado para el trabajo que impusiera dedicación asidua. Lo mejor de su obra, discursos y artículos, fue casi improvisado. Electo académico de la Academia de la Lengua el 21 de marzo de 1907 y de la Academia de Ciencias Morales y políticas con posterioridad, no encontró nunca el tiempo preciso para escribir los discursos de ingreso. A no ser requisito indispensable habría ingresado sin dilación en ambas corporaciones. En esa especial pereza consistió que, a excepción de Filosofía de la Eucaristía, publicada en las postrimetrías de su existencia, no haya dejado una obra de larga y madurada meditación y de esfuerzo creador considerable. Discursos, muchos discursos, los más de ellos de gran extensión, y artículos, muchos artículos. De aquellos, pocos impresos, de éstos, nada recogido en el volumen. Por eso sus partidarios y admiradores acometieron la expresa de recoger en una colección de Obras completas, que alcanza al tono XVIII en el momento presente (1936), toda esa desperdigada producción.
En 1934 se le rindió en Cangas de Onís el homenaje póstumo de descubrir dos lápidas con su nombre: una de ellas en la casa donde había nacido y otra en la pila donde había recibido las aguas bautismales.
Obras publicadas en volumen:
I.- Discurso (Córdoba, 1905; pronunciado en el Teatro Principal, de Vich, en mayo de ese año)
II.- La cuestión religiosa en España (Madrid, 1906; discursos)
III.- Contra el proyecto de Ley de Asociaciones, Madrid, 1907; discursos)
IV.- Iglesia y enseñanza. Examen de nuevo derecho a la enseñanza religiosa. (Madrid, 1913; discurso de la Academia de Legislación y Jurisprudencia)
V.- El cardenal Marcier y su último pastoral (Madrid, s.a., 1915, folleto)
VII.- Filosofía de la Eucaristía (Bercolcha, 1918)
Colección de sus obras completas:
I.- Selección de elocuencia misteriosa. (Barcelona, 1931; prólogos del arzobispo de Santiago, Blanca de los Ríos y Miguel Fernández, Peñaflor)
II.- Ideario I (Barcelona, 1931, prólogo de Victor Pradera)
III.- Ideario II (Barcelona, 1931, prólogo de Rafael Martín Lázaro)
IV.- Ideario III (Barcelona, 1931; prólogo de Antonio Goicoechea)
V.- La persecución religiosa y de la Iglesia independiente del Estado ateo. (Barcelona, 1931; prólogo de Manuel ¿¿??)
VI.- Discursos parlamentarios. I (Barcelona, 1932, prólogo de Miguel Fernández, Peñaflor)
VII.- Discursos parlamentarios II (Barcelona, 1932, prólogo del Marqués de Figueroa)
VIII.- Discursos parlamentarios III. (Barcelona, 1932, prólogo del conde de Romanones)
IX.- Discursos parlamentarios. IV: (Barcelona, 1932, prólogo de José María Pemán)
X.- Discursos parlamentarios. V. (Barcelona, 1932; prólogo de Luís Martínez Kleiser)
XI.- Discursos parlamentarios. VI. (Barcelona, 1932; prólogo de Luís Rodríguez de Viguri)
XII.- Dogmas nacionales. (Barcelona, 1932; prólogo de Esteban Bilbao e introducción de Benjamín Fernández Medina)
XIII.- Política general. I. (Barcelona, 1932; prólogo del conde de Rodríguez San Pedro)
XIV.- Política general. II. (Barcelona, 1932; prólogo de Agustín G. de Amezúa)
XV.- Política tradicionalista. I. (Barcelona, 1932; prólogo de Salvador Minguijón)
XVI.- Política tradicionalista II. (Barcelona, 1933)
XVII.- Crítica I. (Barcelona, 1933; prólogo de Rafael Comenge)
XVIII.- Crítica II. (Barcelona, 1933; prólogo de Ramiro de Maeztu)
XIX.- Filosofía, Teología, Apologética I. (Barcelona, 1933; prólogo de Fr. Cándido Fernández)
XX.- Filosofía, Teología, Apologética II. (Barcelona, 1933; prólogo de Fr. Justo Pérez de Urgel)
XXI.- Filosofía, Teología, Apologética III. (Barcelona, 1933; prólogo de Diego Tortosa)
XXII.- Filosofía, Teología, Apologética IV, (Barcelona, 1934)
XXIII.- Temas internacionales (Barcelona, 1934; prólogo de Gabriel Maura)
Referencias biográficas:
F.P. Francisco Pendás – Apuntes biográficos, Mella, revolucionario. (En el periódico El Popular, Cangas de Onís, 8 y 15 de marzo de 1928 Fernández- Peñaflor (Miguel) – Apuntes para una biografía. (Al frente del tomo I de las Obras completas de Vázquez de Mella, Barcelona, 1931).
Figueroa (Marqués de) – Un elogio necrológico. (En el Boletín de la Academia de la Lengua, Madrid, febrero de 1928)
Junco (Alfonso) – Figuras asturianas: Recordando a Vázquez de Mella (En la revista Norte, Madrid, noviembre de 1931)
Varios autores.- Homenaje a Mella. (Hoja suelta reimpresa al frente del tomo I de la colección de Obras completas, de Vázquez de Mella, Barcelona, 1931).
Idem – Prólogos a los tomos de la colección de Obras completas, anotados en la relación anterior.