{"id":3354,"date":"2021-03-21T17:41:16","date_gmt":"2021-03-21T17:41:16","guid":{"rendered":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/?post_type=encyclopedia&#038;p=3354"},"modified":"2021-12-16T22:14:53","modified_gmt":"2021-12-16T22:14:53","slug":"3354","status":"publish","type":"encyclopedia","link":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/encyclopedia\/3354\/","title":{"rendered":"PRIETO (Indalecio)"},"content":{"rendered":"<p>Pol&iacute;tico contempor&aacute;neo, militante en el Partido Socialista, en el que es uno de sus m&aacute;s conspicuos dirigentes. Salido poco menos que de la nada, ha sabido conquistarse con su enorme talento y no menos enorme deseo de ser docto en muchas cosas, una de las reputaciones pol&iacute;ticas espa&ntilde;olas de mayor solidez y prestigio, reconocidos dentro y fuera de Espa&ntilde;a por la apreciaci&oacute;n imparcial. El establecimiento de la Rep&uacute;blica le ha permitido confirmar su excepcional capacidad de gobernante, s&oacute;lo entrevista hasta entonces a trav&eacute;s de su propagandas, y tambi&eacute;n su oratoria invencible, a la que alude Jim&eacute;nez de As&uacute;a para decir que Prieto &laquo;es uno de los aradores m&aacute;s &iacute;ntegros, parlamentariamente invencible, polemista sin plural&rdquo;.<\/p>\n<p>Hace algunos a&ntilde;os (1930) Indalecio Prieto escribi&oacute; una autobiograf&iacute;a para la obra Figuras de Espa&ntilde;a, de Dar&iacute;o P&eacute;rez, de la que por su inter&eacute;s, que nosotros no habr&iacute;amos de mejorar, hemos de reproducir la mayor parte. Dice as&iacute;:<\/p>\n<p>Naci&oacute; en Oviedo el 30 de abril de 1803. A los seis a&ntilde;os qued&oacute; sin padre. Era &eacute;ste un funcionario de Hacienda que, excedente en el escalaf&oacute;n, desempe&ntilde;aba el cargo de contador en el Ayuntamiento. Le rodeaba un ambiente de simpat&iacute;a y de respeto. Nos leg&oacute; a sus hijos un nombre honrado. He podido comprobar por m&iacute; mismo los tremendos inconvenientes de recibir solo por herencia un nombre honrado. Recuerdo, como si lo estuviese presenciando ahora el entierro de su padre. Desfile por causa de graves caballeros enchisteriados que acud&iacute;an a testimoniar su p&eacute;same, apelotonamiento de gente en la calle del Rosal, y luego formaci&oacute;n del f&uacute;nebre cortejo, ese cortejo carnavalesco de los suntuosos entierros cat&oacute;licos que yo contempl&eacute; at&oacute;nito, con la cara pegada a los cristales de un balc&oacute;n. Aquellas honras callejeras, las del funeral en la iglesia, se llevaron el poco dinero que hab&iacute;a en casa. Las l&aacute;grimas de mi madre, rodeada de tres hijos peque&ntilde;os, se redoblaran al llegar el sacrist&aacute;n de San Isidoro con la factura. Resultaba cuantiosa, pero nadie pod&iacute;a reprocharnos que la exequ&iacute;a hubiesen sido inferiores al rango que correspond&iacute;a a don Andr&eacute;s Prieto por sus relaciones con la aristocracia y la burocracia ovetenses. Ninguno de aquellos se&ntilde;ores embutidos en severas levitas y tocados con descomunales sombreros pod&iacute;a quejarse; Hab&iacute;an asistido a un entierro de primera, con el m&aacute;ximo de preces y canturreos lit&uacute;rgicos.<\/p>\n<p>&ldquo;Y entonces empez&oacute; el calvario, ese calvario que ha de correr toda familia de la clase media si al desaparecer el jefe se ciega la fuente de ingresos. Del principal del 12 a la buhardilla del 14. Los muebles decorativos de la salita pseudoburguesa, al charamilero, y con el resto del ajuar la constituci&oacute;n de una casa de hu&eacute;spedes, recurso obligado de la viuda a quien se deja por &uacute;nica herencia &mdash;a repartir entre ella y sus hijos&mdash; un nombre honrado.<\/p>\n<p>&ldquo;En tanto que se tramitaba el expediente para la pensi&oacute;n de viudedad &mdash;un expediente que nunca acababa&mdash; los hu&eacute;rfanos nos distribuirlos por casas de parientes. Pero, a los parientes se cansaron pronto de nosotros, o nosotros de ellos. Confieso que a m&iacute; me ha estorbado siempre el orgullo. Sin duda &eacute;l me movi&oacute; a golpear a un primito con la misma bata que me exig&iacute;a le limpiara. Torn&eacute; a la buhardilla, nuestro nuevo hogar&hellip;<\/p>\n<p>El negocio de la casa de hu&eacute;spedes result&oacute; desastroso. Nuestros primeros y &uacute;nicos clientes fueron unos artistas de circo de la compa&ntilde;&iacute;a Ferroni, dinast&iacute;a de gimnastas de la cual andan todav&iacute;a los descendientes por esas pistas de Dios. Los pobres hicieron una temporada lamentable y no pudieron pagar&hellip;<\/p>\n<p>&ldquo;Sobrevino la almoneda. Se vendi&oacute; el mobiliario a unas tenderas de la plaza del Font&aacute;n, llamadas las Papelinas. El expediente de la pensi&oacute;n estaba, al fin, resuelto. El Estado nos asignaba siete reales diarios. Hab&iacute;a que migrar&hellip;No sab&iacute;amos fijamente ad&oacute;nde ir. &iquest;A Santander?.&iquest;A Bilbao?. El caso era huir de Oviedo. Nuestra primera etapa fue a Palencia. All&iacute; pernoctamos una noche g&eacute;lida, en la sala de espera de la estaci&oacute;n. Un ferroviario compasivo, que nos vi&oacute; ateridos, nos facilit&oacute; un brasero. Gracias a aquel hombre no nos helamos. De Palencia, a Santander, y por cobijo en la ciudad cant&aacute;brica, el entrepiso de un patio-cochera de Atarazanas. El equipaje estaba en Bilbao; logramos retroceder, y luego, decidimos, por fin, a instalarnos en Bilbao, lo reexpedimos all&iacute;. Cuando, al cabo de dos meses, lo recogimos, nos hab&iacute;an robado cuanto conten&iacute;a de valor: ropas finas, algunas alhajas de mi padre que, como recuerdo, no hab&iacute;an sido vendidas. Dentro de los ba&uacute;les aparecieron ladrillos y piedras.&rdquo;<\/p>\n<p>&ldquo;De Santander a Bilbao en diligencia, pasando en el coche, sobre una barca, la r&iacute;a de treto. Entonces &mdash;enero de 1891&mdash; no hab&iacute;a a&uacute;n ni ferrocarril ni puente. Mis ojos, que ya empezaban a enfermar se sintieron dolorosamente deslumbrados por la irradiaci&oacute;n viv&iacute;sima de un arco voltaico en la calle de Bidebarrieta, adonde fue a detenerse el coche despu&eacute;s de doce horas de traqueteo, ve&iacute;a por primera vez la luz el&eacute;ctrica.&rdquo;<\/p>\n<p>&laquo;Fuimos a dar con nuestros molidos huesos al barrio m&aacute;s t&iacute;picamente obrero de Bilbao: al de las Cortes&rdquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Comenzaban entonces las luchas violentas de la clase obrera por mejorar su situaci&oacute;n. Anarquistas y socialistas pugnaban por conquistar el predominio sobre aquellas masas proletarias, animadas de admirable esp&iacute;ritu combativo. Mor&aacute;bamos en el foco m&aacute;s intenso de la agitaci&oacute;n obrera. Mi esp&iacute;ritu se fue formando en el barrio fragoroso, indentific&aacute;ndome pronto con el ambiente. Al principio nuestro indumento burgu&eacute;s &mdash;blusitas de marinero, gorras de paja con cintas&mdash; despertaba la chacota de los mozalbetes desarrapados. Nos remediaban burlonamente, atiplando la voz, cuando, para llamar a nuestra madre, grit&aacute;bamos desde el portal: &iexcl;Mam&aacute;!. Pero pronto, mi hermano y yo, dej&aacute;ndonos de encogimientos, nos hicimos respetar. Ten&iacute;amos pu&ntilde;os y coraje. Y la hostilidad se troc&oacute; en camarader&iacute;a.<\/p>\n<p>&ldquo;Viv&iacute;amos junto al Centro Obrero&hellip;entr&eacute; en el modest&iacute;simo local con la misma unci&oacute;n que en un templo, para ver las banderas rojas que tapizaban sus paredes, o&iacute;r los himnos vibrantes del Orfe&oacute;n Socialista, escuchar los debates en las asambleas y prestar atenci&oacute;n en las operaciones en los m&iacute;tines.&rdquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Aquella fue mi c&aacute;tedra de Sociolog&iacute;a. Muchas veces&hellip; cuando mis correligionarios, sac&aacute;ndome del plano an&oacute;nimo de la masa, me confirieron cargos representativos, lament&eacute; mi falta de cultura pero me consolaba el pensar que a otros, cuya formaci&oacute;n espiritual se form&oacute; casi exclusivamente en los libros, les hubiera venido bien un campo experimental como el que a m&iacute; se me ofreci&oacute; entonces.&rdquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Reci&eacute;n llegados a Bilbao se construy&oacute; el edificio destinado a capilla evang&eacute;lica en la calle de San Francisco. En la escuela a ella anexa ingresamos mi hermano Luis y yo, no por preferencia religiosa, sino por casualidad. Guardo de aquella casa gratos recuerdos. El pastor protestante actuaba a la vez de maestro. Llam&aacute;base don Jos&eacute; Marqu&eacute;s. Todos sus hijos ten&iacute;an nombres b&iacute;blicos: Sara, Susana, Pablo, El&iacute;as y Benjam&iacute;n. Don Jos&eacute; era hombre afable y culto.. A tan bon&iacute;sima gente&mdash;la familia Marqu&eacute;s y muchos creyentes de Ios que concurr&iacute;an a la capilla &mdash; me sent&iacute; enlazado por v&iacute;nculos de hondo cari&ntilde;o. La figura m&aacute;s atrayente &mdash;figura de m&iacute;stico&mdash; era el vendedor de Biblias, que se internaba por el coraz&oacute;n de la Vizcaya fan&aacute;tica y volv&iacute;a lleno de contusiones, causadas por los estacazos de mozos a quienes azuzaban cl&eacute;rigos za&ntilde;os&hellip;Nunca me he adscrito al protestantismo pero all&iacute; form&eacute; mi convicci&oacute;n de que era casi imposible liberalizar un pa&iacute;s donde no haya religiones disidentes con hondas ra&iacute;ces.<\/p>\n<p>&ldquo;Mi mayor af&aacute;n era la lectura. Pero una pertinaz afecci&oacute;n a la vista privarme con frecuencia de este placer. Estuve medio ciego, padeciendo una fotofobia terrible. Encerrado en oscura habitaci&oacute;n, no pod&iacute;a resistir el m&aacute;s tenue rayo de luz. Era preciso cubrir con trapos rendijas de ventanas y puertas. Cuando mejoraba algo, me pon&iacute;a a leer pero mis ojos volv&iacute;an a inflamarse y yo, entonces, lloraba de rabia, y, sabedor de que la humedad me hac&iacute;a da&ntilde;o, iba a la calle y, enloquecido met&iacute;a adrede mis pies mal calzados en los charcos, como queriendo cegar de una vez.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Con la mis&eacute;rrima pensi&oacute;n del estado no pod&iacute;amos vivir. Hab&iacute;a que reforzar el exiguo ingreso, me convert&iacute; en un peque&ntilde;o buhonero. Vend&iacute; por las calles cajas de cerillas &mdash;entonces no exist&iacute;a el monopolio&mdash; papel de cartas, lapiceros, peri&oacute;dicos, abanicos. Y rod&eacute;&mdash;rodamos&mdash;por ferias y romer&iacute;as. Abri&eacute;ronse ante m&iacute;, convid&aacute;ndome a seguirlos, todos los malos caminos. La vida, con sus veleidades, ha dispersado caprichosamente a mis amigos de entonces. Unos son comerciantes adinerados, otros obreros expertos, otros se dedicaron al toreo o se hicieron ladrones, alguno ha muerto en presidio&hellip;Viendo de cerca c&oacute;mo el hombre es juguete de las circunstancias y c&oacute;mo de modo insensible le moldea un ambiente que &eacute;l no ha elegido, se aprende a proceder con indulgencia.<\/p>\n<p>&ldquo;Fui tambi&eacute;n repartidor de entregas y comparsa de teatro. He hecho todo el repertorio cl&aacute;sico de zarzuela grande. Al correr de los a&ntilde;os y siendo yo en Bilbao teniente alcalde, tuve a mis &oacute;rdenes como guardia municipal al que en menesteres teatrales hab&iacute;a sido mi jefe, Grajales, el simp&aacute;tico cabo de comparsas del circo del Ensanche, &iexcl;Cu&aacute;ntas veces obedeciendo sus &oacute;rdenes, hab&iacute;a salido yo de t&aacute;rtaro en La guerra santa y de loco en el &uacute;ltimo acto de Jugar con fuego!.<\/p>\n<p>&ldquo;Pocos hombres han suscitado mi odio, muy pocos&hellip;Pero odi&oacute; mientras vivi&oacute; a otro guardia que una noche, a la puerta del circo y mientras yo aguardaba a ser admitido en la comparser&iacute;a, me apale&oacute; sin motivo ni pretexto, porque s&iacute;, porque le di&oacute; la gana, porque se lo aconsej&oacute; la borrachera&hellip;Cada vez que lo encontraba me sent&iacute;a dominado por arrebatos homicidas. Me hubiera gustado partirle el coraz&oacute;n de una pu&ntilde;alada.&rdquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Aquel guardia fue despu&eacute;s mi subordinado. Como todos los seres abyectos, por cuya sangre corre virus tir&aacute;nico, era un adul&oacute;n. Cuando ven&iacute;a a saludarme bajuneramente, yo me crispaba y le volv&iacute;a la cara. &iexcl;Qu&eacute; ajeno estar&iacute;a el miserable a que el edil que, por toda venganza no respond&iacute;a a su saludo, era el chicuelo a quien apale&oacute; cobardemente una noche que el alcohol hizo subir a su cabeza de cretino los humos desp&oacute;ticos de la autoridad!&rdquo;<\/p>\n<p>&ldquo;De aquellas dos instituciones a las cuales me empuj&oacute; el destino &mdash;el Centro Obrero y la escuela evang&eacute;lica&mdash; gan&oacute; mi voluntad el centro. Mi temperamento era m&aacute;s propicio a las sugestiones pol&iacute;ticas que a las religiosas. En unas elecciones municipales de la &eacute;poca de predominio pol&iacute;tico de V&iacute;ctor Ch&aacute;varri &mdash;cuyo poder&iacute;o en Vizcaya era omn&iacute;modo&mdash; elecciones concluidas a tiros, fu&iacute; preso por hacer frente a la guardia foral. Me llevaron al cuartel y mi poca edad me libr&oacute; de un serio contratiempo. En el calabozo donde me tuvieron trab&eacute; amistad con socialistas caracterizados, entre ellos, Felipe Merodio, Junan Redondo y Francisco P&eacute;rez, El navarro, hombre de pelo en pecho. Quise afiliarme al partido y hube de esperar a cumplir la edad reglamentaria &mdash;diecisiete a&ntilde;os&mdash; para conseguirlo desde entonces&mdash; treinta a&ntilde;os ya vencidos(1929)&mdash; he militado d&iacute;a a d&iacute;a sin interrupci&oacute;n en las filas socialistas. Actu&eacute; de pinche en La Lucha de Clases, semanario de heroica historia, al que imprimi&oacute; un sello batallador Valent&iacute;n Hern&aacute;ndez con su pluma vigorosa y desenfadada. Mi misi&oacute;n se reduc&iacute;a a pegar fajas, hacer paquetes y llevarlos al correo.<\/p>\n<p>&laquo;Cierto d&iacute;a, mi amigo Manuel Zabata &mdash;hijo de un alba&ntilde;il socialista&mdash; y yo, nos detuvimos ante la vitrina de una librer&iacute;a. La cubierta de un folleto rezaba: Tratado de Taquigraf&iacute;a, sin necesidad de maestro, para poder escribir 149 y media palabras por minuto. 2&rsquo;50 pesetas. No sab&iacute;amos siquiera en qu&eacute; consist&iacute;a el arte taquigr&aacute;fico. Nos subyug&oacute; aquella velocidad de escritura, que el autor cifraba de modo matem&aacute;tico en ciento cuarenta y nueve y media palabras por minuto. Decidimos ir reuniendo el dinero para comprar el folleto. Al cabo de unas semanas era nuestro. Yo me puse a devorar sus lecciones. En el op&uacute;sculo no pod&iacute;a aprenderse la estenograf&iacute;a pero a m&iacute; me sirvi&oacute; para avivar la curiosidad. Supe de una c&aacute;tedra gratuita de Taquigraf&iacute;a, sostenida por la Diputaci&oacute;n, y al comenzar el curso me matricul&eacute; en ella. La Taquigraf&iacute;a &mdash;nunca me cansar&eacute; de bendecir&mdash; fu&eacute; mi redenci&oacute;n.<\/p>\n<p>&ldquo;Desempe&ntilde;aba la c&aacute;tedra el hoy querid&iacute;simo amigo m&iacute;o don Miguel Coloma, un letrado a quien la peculiaridad de su car&aacute;cter indomable y altivo, le apart&eacute; de muy altos destinos, a los cuales le llamaba la extraordinaria sapiencia. Iba yo a clase con un pantal&oacute;n de pana ra&iacute;do y una chaqueta deslustrada y rota, prendas arregladas por mi madre de otras compradas a los ropavejeros. T&iacute;midamente, me acomodaba en uno de los &uacute;ltimos bancos del aula, avergonzado de mi indumento. Eso de exhibir la miseria como virtud no pasa de ser una majader&iacute;a. A don Miguel le sorprendi&oacute; la facilidad con que yo traduc&iacute;a las pruebas estenogr&aacute;ficas. Una ma&ntilde;ana me sac&oacute; al estrado, y, para medir mi velocidad, pidi&oacute;me que escribiera algo que yo supiese de memoria: unos versos, por ejemplo. A mi no se me ocurr&iacute;a ninguno, &ldquo;Escriba usted el padre nuestro&rdquo;, me indic&oacute;. &ldquo;No lo s&eacute;&rdquo;, contest&eacute;. El profesor me mir&oacute; de hito en hito y me mand&oacute; a mi sitio. Concluida la clase, cuando me dirig&iacute;a a la puerta, el catedr&aacute;tico me rog&oacute; que me quedase para hablar a solas conmigo. Hab&iacute;a cre&iacute;do ver en mi respuesta una insolencia. Yo hube de explicarle que, acostumbrado a las oraciones improvisadas de la escuela evang&eacute;lica, hab&iacute;a olvidado las rutinarias del catecismo cat&oacute;lico. En mi respuesta quiz&aacute; hab&iacute;a habido sequedad. En el estrado, mostrando a todo mi traje de golfillo, estaba volad&iacute;simo.<\/p>\n<p>&ldquo;Don Miguel me sonde&oacute;. Ve&iacute;a en mi un muchacho necesitado y se ofreci&oacute; gentilmente a auxiliarme, a proporcionarme colocaci&oacute;n. &laquo;Gracias &mdash;contest&eacute; agriamente&mdash; estoy colocado&rdquo;. La contestaci&oacute;n, basada en una falsedad, me la dict&oacute; el orgullo, una soberbia selv&aacute;tica ya algo abatida, que predomin&oacute; en mi idiosincrasia durante bastantes a&ntilde;os.<\/p>\n<p>&ldquo;Finalizaba el curso. Coloma me llam&oacute; otro d&iacute;a para excitarme a no faltar al examen. Parec&iacute;a adivinar la batalla que se libraba dentro de mi. No ten&iacute;a ropa para una solemnidad en la cual las galas de todos habr&iacute;an de agravar el contraste, que tanto me her&iacute;a, con mis ropas deterioradas. Yo hab&iacute;a conseguido reunir unas pesetas y comprar un corte de traje, el primero hecho exprofesamente para mi que iba a vestir. Un amigo y correligionario, Felipe Villarreal &mdash;a quien conoc&iacute;amos en el Orfe&oacute;n Socialista por el apodo de Tenorini&mdash; se hab&iacute;a comprometido a confeccionarlo, cobrando ad calendas grecas, cuando pudiera pagarle; pero otras labores de retribuci&oacute;n segura e inmediata retrasaron lamentablemente mi encargo. Fui a apremiar a Villarreal a su domicilio y encontr&eacute; mi pa&ntilde;o en la cuna, sirviendo de manta a un hijito del compa&ntilde;ero sastre. No hubo medio de tener traje nuevo para el examen, y ante el Tribunal, en el que figuraban diputados provinciales &mdash;cuanto me acordaba yo de todo esto a&ntilde;os despu&eacute;s, al formar parte del mismo Tribunal en calidad de taqu&iacute;grafo y de miembro de la Diputaci&oacute;n&mdash; hube de comparecer con la ropa indecorosa que causaba sonrojo. No pude ir decentemente vestido, como se dice de algunos cad&aacute;veres sin identificar.<\/p>\n<p>&ldquo;La c&aacute;tedra de Taquigraf&iacute;a constituy&oacute; para mi otro aprendizaje pol&iacute;tico. Las lecciones se dictaban de un tomo del Diario de las Sesiones del Congreso, precisamente el tomo que rese&ntilde;aba los debates sobre el Proyecto de Constituci&oacute;n de 1869. Castelar, Salmeron, Rios Rosas, Canovas, Sagasta, Pi y Margall, Manterola, Orense, todas las grandes figuras parlamentarias nos repet&iacute;an por boca de don Miguel sus magistrales discursos.<\/p>\n<p>&ldquo;Termin&eacute; el estudio de la Taquigraf&iacute;a. Seguimos envueltos en una estrecha pensi&oacute;n. Un tip&oacute;grafo, Rufino Laiseca &mdash;despu&eacute;s alcalde socialista de Bilbao&mdash;, vino a indicarme que en La Voz de Vizcaya diario ya desaparecido, y donde &eacute;l trabajaba, hab&iacute;a colocaci&oacute;n para quien supiese tomar conferencias telef&oacute;nicas. Me somet&iacute; a prueba. Los primeros d&iacute;as cre&iacute; fracasar. No consegu&iacute;a copiar con los signos las noticias que desde Madrid dictaba velozmente el corresponsal, un veterano periodista, don Ricardo Hern&aacute;ndez Berm&uacute;dez. Pero, al fin, domin&eacute; ese trabajo. Me sometieron a otra prueba: escribir un art&iacute;culo. Lo hice con sujeci&oacute;n a un tema que m&aacute;s bien parec&iacute;a reclamo farmac&eacute;utico: La conveniencia de suministrar aceite de h&iacute;gado de bacalao a los alumnos enclenques de las escuelas. A m&iacute; se me antojaba esto bastante m&aacute;s &uacute;til que empe&ntilde;arse en que los chicos aprendan el pret&eacute;rito pluscuamperfecto. Qued&eacute; admitido y se me se&ntilde;al&oacute; el sueldo de veinticinco duros mensuales iYa era un hombre!&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;Expiraba el &uacute;ltimo a&ntilde;o del siglo XIX&hellip;Desde entonces no he abandonado al periodismo, no lo he podido abandonar.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;El a&ntilde;o de 1901 fundaron Moya y &ldquo;Fernanflor&rdquo; El Liberal, de Bilbao; requirieron mis servicios e ingres&oacute; en la redacci&oacute;n del nuevo diario. Mi afici&oacute;n al oficio me ha llevado a hacer de todo en el peri&oacute;dico: discursos, conferencias, cr&iacute;menes, suicidios, corridas de toros, estrenos teatrales, cat&aacute;strofes, fusilamientos&hellip;&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;As&iacute; como algunos tenderos se ufanan con el t&iacute;tulo de Proveedor de la Real Casa, podr&iacute;a denominarse Taqu&iacute;grafo de su Majestad. Tome el primer discurso pronunciado de manera improvisada por el monarca &iquest;C&oacute;mo fu&eacute; esto? Se celebraba en la terraza de la casa flotante del Sporting Club un banquete para solemnizar el reparto de premios de las regatas. Presid&iacute;a el acto, con la reina Mar&iacute;a Cristina, el rey, y en la mesa presidencial se sentaba tambi&eacute;n don Antonio Maura, jefe del Gobierno. Don Alfonso expuso deseos de hablar; el presidente del consejo asinti&oacute; a la regia iniciativa. &ldquo;Hace falta un taqu&iacute;grafo&rdquo;, dijo Maura al conde de Aresti, gobernador civil de Vizcaya. El conde descendi&oacute; a la terraza, dispuesto a ir a tierra en busca de quien pudiera copiar fielmente las palabras reales. En el piso bajo top&eacute; conmigo, aguardando que terminase el acto para informarme y telegrafiar a los diarios a los cuales era corresponsal. Aresti vi&oacute; el cielo abierto, &ldquo;Usted es taqu&iacute;grafo, &iquest;verdad? Va a hablar Su Majestad. &iquest;Quiere usted subir a tomar su discurso?&rdquo; Acced&iacute;. Me colocaron en la mesa presidencial, junto a Maura: el rey habl&oacute;, y yo &mdash;el que despu&eacute;s, diputado, hubo de: combatir furiosamente a la Monarqu&iacute;a&mdash; copi&eacute; sus palabras. &iexcl;Iron&iacute;a del destino!.<\/p>\n<p>&ldquo;En El Liberal, de Bilbao, trabaj&eacute; junto a maestros del periodismo, como Alfredo Vicenti, Antonio Zozaya, Jos&eacute; L&oacute;pez Pinillos, Carlos del R&iacute;o&hellip; Este, aludiendo a mi car&aacute;cter, me Ilamaba el socialista insociable, y L&oacute;pez Pinillos me puso por apodo Inda, el guardabosques Y en El Liberal sigo, al cabo de veintiocho a&ntilde;os, haciendo de todo: art&iacute;culos sueltos, gacetillas&hellip;<\/p>\n<p>&ldquo;El primer cargo pol&iacute;tico que desempe&ntilde;&eacute; fu&eacute; el de diputado provincial de Vizcaya, desde 1912 a 1915. Debut&eacute; como orador en aquella campa&ntilde;a electoral; hasta entonces, jam&aacute;s hab&iacute;a hablado en p&uacute;blico. Los discursos m&iacute;os m&aacute;s memorables para mi son tres. El primero, en el cementerio de Sestao en el homenaje a un obrero muerto por la fuerza p&uacute;blica durante una huelga de metal&uacute;rgicos. Otro discurso memorable el de la velada necrol&oacute;gica a Tomas Meabe, d&iacute;as despu&eacute;s de su fallecimiento. Meabe &mdash;el esp&iacute;ritu m&aacute;s fino con que he tenido contacto&mdash; hab&iacute;a sido &iacute;ntimo amigo m&iacute;o. Asist&iacute; en Madrid a sus &uacute;ltimas horas. Se me hab&iacute;a encargado el paneg&iacute;rico pero al ir a hablar, mi emoci&oacute;n se deshizo en l&aacute;grimas y no pude pronunciar una sola palabra. Fu&eacute;, sin duda, mi discurso m&aacute;s elocuente. Y, por &uacute;ltimo, guardo memoria de la primera y &uacute;nica vez que habl&eacute; en Oviedo, mi ciudad natal, fu&eacute; a fines del a&ntilde;o 16. Yo hab&iacute;a ido a Gij&oacute;n a participar en un mitin por encargo de la Uni&oacute;n General de Trabajadores. El Comit&eacute; Socialista de Oviedo se obstin&oacute; en que fuera a la capital a dar una conferencia. Desde que emigramos el a&ntilde;o 90 no hab&iacute;a vuelto a poner los pies en mi pueblo, Entr&eacute; en &eacute;l con emoci&oacute;n, Se anunci&oacute; profusamente mi conferencia. Pero nadie acudi&oacute; a oirme, Cuando Ilegu&eacute; con los organizadores al sal&oacute;n del Centro Obrero se&ntilde;alado para el acto, hall&aacute;base totalmente vac&iacute;o. Esperamos en vano, jNadie! Sacando a unos cuantos correligionarios de las secretar&iacute;as donde trabajaban se logr&oacute; formar un exiguo auditorio, ante el que pronunci&eacute; una de mis m&aacute;s vibrantes oraciones, como si me hubiera escuchado la ciudad entera&hellip;<\/p>\n<p>&ldquo;En 1915 fui reelegido diputado provincial: pero se anul&oacute; la elecci&oacute;n. El mismo a&ntilde;o me eligieron concejal del Ayuntamiento de Bilbao. A comienzos de 1917 me traslad&eacute; a Madrid, donde quise reorganizar mi vida a base de las corresponsal&iacute;as de El Liberal, de Bilbao, La Voz de Guip&uacute;zcoa y El Cant&aacute;brico, de Santander. Y de la gerencia de una f&aacute;brica de telegraf&iacute;a sin hilos que establec&iacute;an amigos m&iacute;os. Mi prop&oacute;sito, al salir de Bilbao, era alejarme de la pol&iacute;tica, que absorb&iacute;a casi todo mi tiempo.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Resultaba excesivamente parad&oacute;jico, por ejemplo, que yo asistiese a las reuniones del Consejo de la Caja de Ahorros municipal para conceder cr&eacute;ditos de millones de pesetas a gentes que los duplicaban en tres d&iacute;as con los fant&aacute;sticos negocios de la guerra y tuviera que echar a correr antes de que cerraran la Administraci&oacute;n de El Liberal para lograr del cajero un anticipo de diez duros&hellip; Ya instalado en Madrid un viaje a Norteam&eacute;rica para asuntos de la industria cuya direcci&oacute;n se me encomend&oacute;.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Al regresar, se estaba tramando el movimiento revolucionario que abort&oacute; con la huelga de agosto (1917). Me llam&oacute; Pablo Iglesias y me dijo que era indispensable mi permanencia en Bilbao. Obedec&iacute; sin poner reparos. Estaba escrito que la pol&iacute;tica me habr&iacute;a de absorber.&raquo;<\/p>\n<p>&laquo;Cuando ten&iacute;a medio hecha en Bilbao la comisi&oacute;n que se me encomend&oacute;. Me notificaron el acuerdo adoptado en Madrid de declarar la huelga general el 13 de agosto, Me pareci&oacute; improcedente, absurdo&hellip; Pero a mi solo me tocaba obedecer, La huelga fracas&oacute; estrangulando un movimiento revolucionario que hubiese podido cambiar los destinos de Espa&ntilde;a. Por reputarme inspirador de cuanto entonces aconteci&oacute; en Vizcaya &mdash;cada cual ha de cargar resignadamente con la leyenda que le toque en turno&mdash; las autoridades me buscaron afanosamente, Al cabo de veinte d&iacute;as de correr&iacute;as por las monta&ntilde;as vascas &mdash;&iexcl;magn&iacute;fico cap&iacute;tulo de follet&iacute;n!&mdash; acosado como una fiera y auxiliado por personas conocidas logr&oacute; pasar a Francia. Viv&iacute; expatriado en Hendaya y en Par&iacute;s. En abril de 1918 me presentaron candidato a diputado a Cortes por Bilbao. Volv&iacute; sigilosamente a Espa&ntilde;a &mdash;a&uacute;n estaba reclamado&mdash; y dirig&iacute; la elecci&oacute;n desde un escondite, dispuesto a repasar la frontera si me derrotaban. Pero sal&iacute; triunfante, &ldquo;Arrib&eacute; al Parlamento sin prejuicios ni ilusiones, No llevaba el lastre de ning&uacute;n prestigio que pudiera peligrar en el Congreso. El catedr&aacute;tico, el abogado, el publicista, temen que la falta de &eacute;xito parlamentario quebrante su fama profesional, Yo, &iexcl;qu&eacute; iba a perder! pod&iacute;a, por tanto, sentir prejuicios. Y, en cuanto a ilusiones, llegaba quebrantado moral y f&iacute;sicamente. Se me hab&iacute;a recrudecido en el tiempo la afecci&oacute;n a los ojos. El oculista me quemaba las &uacute;lceras de la c&oacute;rnea con una barrita candente. Cuando desaparec&iacute;an los efectos de la anestesia, sobreven&iacute;a el dolor&hellip; iba yo al congreso con un ojo vendado. Camino de la C&aacute;mara, abrumado por el dolor, casi deseaba que me despedazase un tranv&iacute;a.&raquo;<\/p>\n<p>Cre&iacute; que, desvanecida aquella reacci&oacute;n sentimental por la que la democracia bilba&iacute;na me llev&oacute; al parlamento, no volver&iacute;a ser diputado; pero lo fui otras tres veces, la &uacute;ltima, sin contrincante, por el art&iacute;culo 29 (Constituci&oacute;n de 1876). Hasta que nos dieron a todos el puntapi&eacute;&rdquo;&hellip; Indalecio Prieto alude aqu&iacute; a la dictadura implantada por el general Primo de Rivera en setiembre de 1923.<\/p>\n<p>&ldquo;Siendo jefe del Gobierno y ministro de Estado el conde de Romanones &mdash;contin&uacute;a Prieto&mdash;, fuimos a verle don Emilio Santa Cruz y yo para pedirle la libertad de varios s&uacute;bditos rusos a quienes se expulsaba en el Manuel Calvo. Cuando salimos del despacho ministerial, Romanones, con esa su voz chillona y delgada, que parece un maullido llam&oacute; a mi compa&ntilde;ero: &ldquo;Oiga usted, Santa Cruz, un momento&rdquo;. Aguard&eacute; en la antesala. A poco, don Emilio se reuni&oacute; conmigo y me llev&oacute; a un rinc&oacute;n para decirme confidencialmente: &ldquo;Romanones me ha encargado que le pregunte si quiere usted ser ministro con &eacute;l; si acepta usted, ma&ntilde;ana mismo hace una crisis parcial para dar a usted una cartera&rdquo;, Me ech&eacute; a re&iacute;r. &ldquo;Es en serio &mdash;me hac&iacute;a observar Santa Cruz&mdash;Muy en serio&rdquo;. &ldquo;Mire, don Emilio &mdash;contest&eacute;, mir&aacute;ndome el abdomen&mdash;no tengo tipo para casaca: esperemos a que adelgace&rdquo;. Y no se volvi&oacute; a hablar m&aacute;s del asunto.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Es cierto que la pol&iacute;tica me fascina; pero en su ejercicio jam&aacute;s encontr&eacute; encantos seductores. Me faltan para ello condiciones tan estimables como la ambici&oacute;n y esa amabilidad externa &mdash;muy distante de la cordialidad&mdash; convenient&iacute;sima en la vida p&uacute;blica lo mismo para el artista que para el pol&iacute;tico. No s&eacute; sonre&iacute;r. Ni quiero saberlo. Nunca hice el m&aacute;s m&iacute;nimo esfuerzo por desdibujar mi car&aacute;cter para hacerme grato. En mi conducta he sido muy exigente conmigo mismo. Y, aunque es poco dem&oacute;crata, siempre me tuvo sin cuidado la opini&oacute;n de los dem&aacute;s. En mi l&eacute;xico faltan esas palabras triviales con las que se sostiene un di&aacute;logo de mero cumplido. En esto, yo admiraba la capacidad de un compa&ntilde;ero de propaganda, que, en sus conversaciones con las comisiones que al paso del tren sal&iacute;an a saludarnos a las estaciones, les preguntaba invariablemente: &iquest;C&oacute;mo se comporta aqu&iacute; la Guardia Civil? Era una pregunta de &eacute;xito seguro en todas partes. Los correligionarios, los afines y los admiradores no le perdonan a uno que no se les sonr&iacute;a. Y menos a&uacute;n que nos movamos fuera de ciertos c&aacute;nones trazados arbitrariamente para delimitar una austeridad. Aunque &eacute;sta sea falsa, no importa; el caso es cubrir las apariencias. En Espa&ntilde;a, la hipocres&iacute;a la tienen metida en el tu&eacute;tano las derechas, el centro y las izquierdas. Debe de ser defecto de la raza.&raquo;<\/p>\n<p>&ldquo;Me falta tambi&eacute;n ambici&oacute;n, ya lo he dicho. Y no se concibe un pol&iacute;tico sin ambici&oacute;n, Ha de tenerla. O con m&oacute;viles de vanidad logrera o con apetencia de gloria y designios de inmortalidad. Si soy un esc&eacute;ptico cual algunos me reputan, no lo soy de modo permanente e inalterable, porque reacciona apasionadamente ante cualquier injusticia. Quiz&aacute; el fuego que pongo para combatirla se apague pronto y vuelva yo a sumirme en la frialdad. Pero siempre quedan rescoldos dispuestos a estallar en llamarada. Los veo dentro de m&iacute;, los palpo&hellip;&iexcl;Y alguna vez me han abrasado las entra&ntilde;as!.&raquo;<\/p>\n<p>Concluye Prieto su autobiograf&iacute;a asegurando: &ldquo;Claro que para muchos no ser&eacute; tal cual yo mismo me he pintado, m&aacute;s, para mi, soy as&iacute; y no de otra manera&rdquo;.<\/p>\n<p>Bajo el Gobierno presidido por el general Damaso Berenguer; despu&eacute;s de ca&iacute;do Primo de Rivera en 1930, republicanos y socialistas consiguieron ponerse de acuerdo mediante el llamado pacto de San Sebasti&aacute;n para conseguir el derrocamiento de la Monarqu&iacute;a e implantaci&oacute;n de la Rep&uacute;blica. Se constituy&oacute; un comit&eacute; revolucionario, del que form&oacute; parte Indalecio Prieto, Preparada la revoluci&oacute;n para mediados de diciembre de dicho a&ntilde;o y fracasado el movimiento, que culmin&oacute; en las ejecuciones de los capitanes Gal&aacute;n y Garc&iacute;a Hern&aacute;ndez en Jaca (Huesca), el comit&eacute; revolucionario se vio en el trance de huir al extranjero o dejarse encarcelar. Casi todos sus miembros fueron encarcelados, pero Indalecio Prieto consigui&oacute; trasponer la frontera francesa. Residi&oacute; en Francia hasta que, por el triunfo en las elecciones municipales del mes de abril de 1931, quedaba proclamada la Rep&uacute;blica dos d&iacute;as despu&eacute;s y el comit&eacute; revolucionario se hizo cargo del gobierno. Prieto regres&oacute; de Par&iacute;s y tom&oacute; posesi&oacute;n del Ministerio de Hacienda, que era al que se le hab&iacute;a asignado. Aunque &eacute;l mismo confes&oacute; no ser ning&uacute;n hacendista, su labor al frente de ese Ministerio fu&eacute; m&aacute;s eficaz y acertada que si lo hubiese regentado cualquiera de los considerados sabios en la materia.<\/p>\n<p>Dej&oacute; ese Ministerio para ocupar el de obras p&uacute;blicas en diciembre de 1931, al subir a la presidencia de la Rep&uacute;blica Alcal&aacute; Zamora y constituir Manuel Aza&ntilde;a nuevo gobierno; Se trataba del departamento de m&aacute;s dif&iacute;cil desempe&ntilde;o y es seguro que se le adjudic&oacute; confiados los dem&aacute;s compa&ntilde;eros de gobierno en su enorme capacidad a un tiempo cr&iacute;tica y constructiva.<\/p>\n<p>&ldquo;Frente a la creencia vulgar &mdash;dice el ingeniero Lozano Ruiz&mdash; de un Indalecio Prieto esencialmente combativo y demoledor, forjada ante el esgrimidor de la oposici&oacute;n, se alza su labor desarrollada en el Ministerio de Obras P&uacute;blicas, en afirmaci&oacute;n de cualidades constructivas innegables, que descubren en &eacute;l dotes, antes desconocidas, de gobernante de s&oacute;lida y recia contextura&hellip; Prieto, en Obras P&uacute;blicas, demostr&oacute;, durante casi dos a&ntilde;os, tener una pol&iacute;tica clara y concreta, que llev&oacute; al terreno de las realizaciones pr&aacute;cticas, con tes&oacute;n, con entusiasmo; dir&iacute;amos m&aacute;s bien con fervor del pose&iacute;do por la fiebre de un patriotismo que calara hondo en el dolor de Espa&ntilde;a, para llevarle el consuelo de una ilusi&oacute;n posible y hacedera: su engrandecimiento econ&oacute;mico a trav&eacute;s de un plan regional de obras p&uacute;blicas&rdquo;<\/p>\n<p>Fu&eacute; su labor principal la coordinaci&oacute;n de las obras hidr&aacute;ulicas y de los ferrocarriles en un plan de envergadura nacional con vistas a la m&aacute;xima eficacia. Madrid particularmente, le recordar&aacute; siempre por el proyecto de enlace subterr&aacute;neo ferroviario y la construcci&oacute;n de los Nuevos Ministerios en lo que hab&iacute;a sido Hip&oacute;dromo, obras ambas que quedaron en suspenso o poco menos al dejar el Ministerio de Obras P&uacute;blicas. Lo abandon&oacute; al suceder al Gobierno presidido por Aza&ntilde;a el Primero, de corta: duraci&oacute;n, formado por Alejandro Lerroux en setiembre de 1933.<\/p>\n<p>Al triunfar los partidos de derecha coaligados, por desavenencias entre los de izquierda, en las elecciones a diputados a Cortes celebradas en noviembre de ese a&ntilde;o, Indalecio Prieto llev&oacute; en el congreso la voz de la minor&iacute;a socialista frente a la pol&iacute;tica reaccionaria del Gobierno. Ya bien cimentado su cr&eacute;dito antes de parlamentario de primera talla, lo robusteci&oacute; entonces grandemente en intervenciones que adquirieron car&aacute;cter de hist&oacute;ricas, como la dedicada a rebatir los cargos del mon&aacute;rquico Calvo Sotelo y en otras ocasiones.<\/p>\n<p>Al sobrevenir la revoluci&oacute;n socialista de octubre de 1934 como consecuencia de haber entrado a formar parte del Gobierno presidido por Lerroux elementos caracterizados de antirrepublicanos, y ser sofocado en Madrid ese movimiento. Prieto, como en parecidas ocasiones anteriores, tuvo la fortuna de poder pasar a Francia y esquivar as&iacute; la responsabilidad de haber tenido que figurar entre los dirigentes de esa revoluci&oacute;n.<\/p>\n<p>Como consecuencia de haberse desatado tal movimiento revolucionario se fueron polarizando dos tendencias dentro de la familia socialista en torno de las figuras de Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero, significando &eacute;sta la de procedimientos m&aacute;s decididamente revolucionarios y m&aacute;s evolutivos la primera. Prieto consigui&oacute; entrar de inc&oacute;gnito en Espa&ntilde;a y asistir al Congreso Socialista planteado en medio de una atm&oacute;sfera secesionista y sobre esta cuesti&oacute;n escribi&oacute; en La Libertad, de Madrid, una serie de art&iacute;culos que luego pasaron a formar el volumen Del momento: Posiciones socialistas.<\/p>\n<p>A que no se produjera esa escisi&oacute;n, contra la que Prieto puso el mayor empe&ntilde;o, vino a coadyuvar la convocatoria para elecciones parlamentarias a comienzos de 1936. Entonces se form&oacute; el llamado Frente Popular por todos los partidos republicanos de izquierda y agrupaciones obreras en torno de la gran figura de Manuel Aza&ntilde;a que triunf&oacute; con gran mayor&iacute;a en toda Espa&ntilde;a sobre la coalici&oacute;n de las derechas. Aunque Prieto permanec&iacute;a en Espa&ntilde;a, no pudo cooperar ostensiblemente a ese triunfo por verse obligado a permanecer oculto. Despu&eacute;s del triunfo del 16 de febrero, pudo volver a su vida normal y, adem&aacute;s, como diputado electo.<\/p>\n<p>Aunque no formaba parte del gobierno al sobrevenir en julio de 1936 la sublevaci&oacute;n militar, se puso inmediatamente al lado de &eacute;l y fue en el consejo de ministros presidido por Jos&eacute; Giralt como el brazo derecho en la organizaci&oacute;n y defensa de la rep&uacute;blica frente a los militares sublevados y apoyados por Alemania, Italia y Portugal. Al formarse en el mes de setiembre el gobierno presidido por Largo Caballero, puso a Prieto a regentar el Ministerio de Marina y Aire, que dej&oacute; para ocupar, bajo el constituido por Juan Negr&iacute;n a mediados de mayo de 1937, el Ministerio de Defensa Nacional, formado entonces con la unificaci&oacute;n de todas las fuerzas de tierra, mar y aire, unificaci&oacute;n que aconsejaba la marcha de la fuerza contra los facciosos.<\/p>\n<p><strong>Obras publicadas en volumen:<\/strong><\/p>\n<p>I.&mdash;Del momento: Posiciones socialistas. (Madrid, 1935; prologado por Luis Jim&eacute;nez de As&uacute;a; trabajo publicado antes en varias cr&oacute;nicas en el diario madrile&ntilde;o La Libertad).<\/p>\n<p>Il.&mdash;Dentro y fuera del Gobierno. (Madrid, 1935; discursos parlamentarios con un pre&aacute;mbulo de Rodolfo Llopis y un intermedio por L&aacute;zaro Ruiz).<\/p>\n<p><strong>Trabajos sin formar volumen:<\/strong><\/p>\n<p>1.&mdash;Discurso sobre los sucesos de agosto de 1917, (En el libro de Torralba Becci Los sucesos de agosto ante el Parlamento, Madrid, 1918).<\/p>\n<p>2.&mdash;Discurso en el Teatro Campoamor de Oviedo. (En algunos diarios de Asturias y El Sol y El Socialista, de Madrid, 16 de mayo de 1933 ; pronunciado el d&iacute;a 14).<\/p>\n<p><strong>Referencias biogr&aacute;ficas:<\/strong><\/p>\n<p>Caballero Audaz (El).&mdash; Una entrevista. (En el tomo IX de la obra Lo que s&eacute; por mi, Madrid, s. a.)<\/p>\n<p>Jim&eacute;nez de Asta (Luis).&mdash; Pr&oacute;logo a Del momento: Posiciones socialistas de Indalecio Prieto. (Madrid, 1935).<\/p>\n<p>Lozano Ruiz (Juan).&mdash; Preliminares. (Intermedio de la obra de Indalecio Prieto, Dentro y fuera del Gobierno, Madrid, 1935).<\/p>\n<p>Llopis (Rodolfo).&mdash; Preliminares. (Al frente de la obra anterior).<\/p>\n<p>Prieto (Indalecio).&mdash; Una autobiograf&iacute;a. En el libro Figuras de Espa&ntilde;a, de Dar&iacute;o P&eacute;rez, Madrid, 1930).<\/p>\n<p>Torralba Becci (J.).&mdash; Una semblanza. (En el libro Los sucesos de agosto ante el Parlamento, Madrid, 1918).<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":7374,"template":"","meta":{"_et_pb_use_builder":"","_et_pb_old_content":"","_et_gb_content_width":""},"categories":[],"class_list":["post-3354","encyclopedia","type-encyclopedia","status-publish","has-post-thumbnail","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/encyclopedia\/3354","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/encyclopedia"}],"about":[{"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/encyclopedia"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7374"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3354"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/xn--espaolito-o6a.es\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3354"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}